ALBEROLA, DOLORS

ALBEROLA, DOLORS

En el caso que nos ocupa hoy me tropecé con un inconveniente inesperado: las librerías jugaban al escondite y me ocultaban los libros de Dolors Alberola. Tan sólo pude localizar un libro suyo. Entonces el pánico se adueñó de mí y no sabía qué hacer. Contemplaba una sola alternativa, un poco arriesgada, pero capaz de llevarme con éxito a alcanzar mis objetivos. Llamé a la autora por teléfono y le expliqué la situación. Para mi sorpresa no residía en Jerez, sino en Algeciras y quedamos en que yo me pasaría por su casa para recoger, sino todos sus libros, la inmensa mayoría. Y así fue. Me planté en la Isla Verde y con la ayuda de mi hermana localicé su domicilio. Me hizo pasar al interior de su casa y enseguida se entabló una conversación muy amena sobre poesía, en un intercambio de versos por ambas partes que servía a modo de presentación.

Tras leer varios poemas míos me comentó si yo pertenecía al grupo de la poesía de la diferencia. Yo no estaba muy de acuerdo con las divisiones de la poesía, y le contesté que mi poesía no era de la otra corriente, es decir, de la experiencia, puesto que no me limitaba a contar anécdotas más o menos verosímiles de la vida cotidiana en un estilo propio del lenguaje de la calle, no me limitaba a desnudar la poesía bajo el desamparo de la ausencia de recursos literarios, no me limitaba a crear y creer en una poesía muy próxima a la prosa, sino que, en cambio, jugaba con el lenguaje, lo estrangulaba de vez en cuando, sin hacerle daño, pero siendo consciente de que le quería dar una vuelta de tuerca más, buscaba el afán imposible de la originalidad, intentaba crear imágenes surrealistas, que dijeran algo al lector dejándolo en un estado de reflexión propio de la vida, avivando una actitud crítica ante todo aquello que le entrara por los ojos y por el oído. Digo todo esto, porque ésta es más o menos la concepción que Dolors Alberola tiene sobre la lírica. ¿Acaso no todo surge de la experiencia?

Dolors Alberola nació en Sueca, en Valencia. Sin embargo, se siente andaluza. Uno de sus primeros libros llamado La quejumbrosa vida de John Stemberg, editado en Cádiz, en 1997, propone el ineludible compromiso que el escritor debe mostrar ante sí mismo y en esa coherencia el escritor adquiere un compromiso eterno ante sus lectores y en última instancia, ante los hechos de la vida y del mundo. Este John Stemberg encarna la figura del hombre actual atrapado en una sociedad contemporánea dispuesta a acabar con todo lo que se le ponga por delante. Este John Stemberg americano es el trasunto de una sociedad que se aferra a un desarrollo mal entendido ahogado por el irremediable paso del tiempo, por un tempus fugit que corre a marchas forzadas: “La calle que se abre después de la amplia siesta. El reloj de la torre siempre apura las horas. “, es el trasunto de una sociedad que llora la descomposición del mundo y del hombre y su insignificancia: “Tan pequeño que todo le viene siempre grande” “Qué agua en tu mejilla te hablará de los mares que no vas a cruzar.” Es el trasunto de una realidad que se columpia en la pesadilla de las miserias humanas: “La droga es solo un punto, una piedra que mata una escalera más que no admite bajada.” El hombre se encuentra perdido en este mundo y se refugia bajo la sombra de una luz que no ilumina su camino, sino que lo ciega. Deambula ciego por la tarde de su existencia a la espera de que la luna se acerque a él y le cuente historias de hombres lobo y se hace tarde en los sueños.

El medidor de cosas (Miranda del Ebro. 1999) y una niña que lleva en la cabeza un cuchillo (Córdaba. 2001) están salpicados de un pesimismo existencial que huele a muerte, un grito ronco que se desmaya sobre el papel, sobre la inocencia dormida y despierta de una niña, de una mujer que se afana por luchar contra las injusticias y en favor de la verdad: “Me cuesta creer en Dios cuando veo las guerras”, que derrama todo su arsenal de belleza en un poema, cuando confiesa que: “No ha de morir la rosa”. Dolors Alberola busca las raíces de una inocencia perdida en una niña que se convierte en musa improvisada de sus versos y de su vida, que contempla el mundo con ojos nuevos aún incontaminados. Esa joven: “tenía una libreta en cuya azul cuadrícula iba anotando todo. Muchos años después reconocí el poema.” Dolors Alberola se muestra dispuesta a derramar retales de su propia alma en cada palabra. Se deja guiar por la brújula de los latidos, de un corazón palpitante cuya espalda mojada por la hipocresía y por los intereses de turno se arroja al mar de una aventura, nada sobre las aguas de una esperanza tan desesperada e impaciente que, negando el mito clásico, huye de la caja de Pandora. “Me dolía la tinta. No sabía llorar con otros ojos.” “No era el alma un gato que aprendiera a esconderse de su dueño”, ni nuestra autora una mujer que agachara la cabeza ante la corrupción moral y material de este mundo.

Historias de Snack Bar (Jerez. 2000) lucha desesperadamente por la vida, por un mundo mejor sepultado bajo los escombros del tiempo. Le preocupa el discurrir eterno del tiempo, el encuentro con otros yo que confieren a la persona una visión plural de su existencia, distintos puntos de vista que se desparraman en el suelo como hojas secas de otoño que se resisten, al quedar suspendidas en el aire, a la horca de las ramas, se enfrenta a otros yo que laten vivos en el olvido y olvidados en el poso de la memoria. Se lamenta de la pobre imagen que la poesía presenta en la actualidad: “Agregó el camarero: la poesía es eso de que no come nadie; y el cliente que comía garbanzos arrojó uno al suelo, a modo de metáfora.”

Conversaciones con Uriel, el pacificador de cosas (Cádiz. 2001) y Apocalipsis Sur (Granada 2002) surgen a modo de diálogo con el ángel de la guarda que cada uno llevamos dentro: Uriel o una niña. La simbología del perro, de la carne, de la piedra, de las sombras y de la nada se alzan, junto a Uriel, en testigos mudos que nos hablan en el silencio de la tarde, en la tarde durmiente del silencio para escuchar sus plegarias sin palabras y sin voces, para que nos escuchen y, sobre todo, es una excusa perfecta para escucharnos a nosotros mismos: “Tantas cosas diré ahora mismo que me retiro y miro y la ciudad me mira y nada dice.” El absurdo es el mejor método de contemplar el mundo, ese paisaje interior cubierto de sombras que nos dice que: “todos estamos rotos, de amor estamos rotos.” De un amor siempre en minúsculas porque las mayúsculas tienen la fea costumbre de hacerle sombra a quien las usa. El hombre es un pintor, un observador que se detiene ante las injusticias, ante una sociedad pasiva para reclamarle que levante al menos la voz, que a ella no la harán callar nunca “porque el trabajo es nuestra única promesa”. “No quise besar a una criatura vieja, de hace miles de versos “.

Finalmente, El vagabundo de la calle Algarbe (Algeciras 2002) supone el desfile de las múltiples caras que puede enseñar una misma realidad: “El vagabundo, el loco, el dios, el artista o el sabio. Todos somos nosotros, cada uno”. Dolors Alberola confiesa también que su vida, como su poesía, aspira a ser ala de libertad, a alzar su vuelo sin sujetarse a normas: “No guiso con receta, ni escribo con receta, ni amo con receta. Me receto leer, leer en desmesura”. Félix Grande dijo una frase para definir la obra y el talento de Paco de Lucía: respeta la tradición, pero la desobedece, que encaja perfectamente con el concepto de poesía que lleva puesta Dolors Alberola. No hay nada más que verlo. El sueño se hace el dormido, el dormido se hace el despierto. El ciego lo ve todo y el vidente no ve nada. Confío en que podáis, al menos, leer los versos apasionados de Dolors Alberola.