ALGORA, FRANCISCO. ME LLAMO JONÁS… VENGO DEL VIENTRE DE LA BALLENA Y HUMILDEMENTE PIDO LA PALABRA

ALGORA, FRANCISCO. ME LLAMO JONÁS… VENGO DEL VIENTRE DE LA BALLENA Y HUMILDEMENTE PIDO LA PALABRA

Me llamo Jonás… Vengo del vientre de la ballena y humildemente pido la palabra viene encabezado por un prólogo escrito por José María Rodríguez Méndez en el que se apuntan las pautas fundamentales de esta obra. Se desata la figura de Dios y su palabra viva en la Biblia como brújula que tiende a guiar al desorientado ser humano. Francisco Algora entronca con la tradición calderoniana en un auto sacramental en el que la verdad del Señor se enfrenta al laicismo de una sociedad cuyos ídolos están hechos del papel de los euros. Su crítica va directa al mundo de la farándula por el cual el autor se mueve con soltura y aspira a que el arte se aleje de las limosnas de las subvenciones y de las ayudas públicas para emocionarnos y conmocionarnos por sí mismo sin necesidad de tener cadenas que le impidan ser libre.

Francisco Algora piensa en una sociedad mejor que la actual, en una sociedad en la que el amor y el conocimiento sean las dos armas que el hombre debería desenfundar a cada instante. Acude a guiños literarios de otros autores que pone en boca de los personajes para ilustrar con mayor claridad su mensaje. Entre ellos destaca León Felipe, insigne personaje en la literatura española del siglo XX, que no aparece en este libro por casualidad. Es difícil desligar la biografía de su obra, pues su escritura se iba haciendo conforme iba quemando las sucesivas etapas de su vida. León Felipe fue un viajante incansable y un apasionado del teatro que recorrió las tablas de media España como actor en compañías modestas cuando se trasladó a la capital para estudiar farmacia y en compañías de prestigio tras el fallecimiento de su padre. El paralelismo con Algora en varias facetas de la vida es evidente: ambos enfilaron la existencia con un espíritu crítico y constructivo contra el mundo que nos rodea y ambos sintieron una vocación profunda por el mundo de la farándula en el sentido más puro y popular. León Felipe comparte con Jonás el oficio de profetas de la palabra y el papel de actores que han desempeñado el primero en el escenario y el segundo en la vida.

Me llamo Jonás… Vengo del vientre de la ballena y humildemente pido la palabra consta de dos actos y un cuadro. En el primer acto Jonás aparece dormido en el interior de la ballena con la idea repetida de que es mejor morir que vivir en las circunstancias en las que se halla en esos momentos. No le encuentra sentido a la vida y se acerca a las puertas del infierno. Se acerca el Apocalipsis. Quiere acallar su conciencia, pero ésta se le revela en sueños. El segundo personaje de la obra se llama don Roberto y es un espíritu que intenta levantar el ánimo al protagonista, pues piensa que el mundo, con la ayuda de Jonás, aún tiene esperanzas de salvarse. A don Roberto no le queda más remedio que atacarle por donde más le duele: el amor propio. Tiene que despertarlo para que afronte la realidad, para que deje de ocultarse en las entrañas del cetáceo. La misión de Jonás descansa en salvar a la humanidad a través de su palabra. Tiene que trasmitir el mensaje de la salvación en Nínive.

En el segundo acto el personaje principal se desdobla en un Jonás profeta y en un Jonás actor para, a través del diálogo, encontrarse consigo mismo. Uno de estos personajes describe la escena bíblica de Jonás el profeta hasta explicar el motivo por el cual permanece en el interior de una ballena. Ahora tiene que salir al exterior y realizar cinco funciones, una para cada continente en la Tierra, para salvar a la humanidad. Se está preparando el monólogo de su intervención cuando surge de nuevo don Roberto para decirle que esté preparado para actuar de un momento a otro. El cuadro es en resumen el monólogo de Jonás cantado a los hombres. Cuando termina el ensayo, entra en escena un personaje nuevo. Es Mefisto y viene a confundir la conciencia confundida del protagonista. El diablo dialoga con Jonás y le ofrece la manzana de la tentación, de la que huye Jonás en el último instante gracias a la intermediación de don Roberto. Las recompensas de las buenas acciones descansan en la libertad de llevarlas a cabo.

Así acaba la historia. Jonás es un hombre que afronta la vida como un actor que nunca se quita la careta y aborda el teatro como un hombre taciturno incapaz de hincarle el diente a la conciencia, al hombre que ha sido y se pierde porque no hace nada, de inanición. Jonás ha de renacer como ave fénix, no de sus cenizas, sino de sus miserias. El profeta y el actor sucumben a los males de la Tierra. Entre los escombros de las ruinas uno encuentra sus tesoros.

El fin último es que el lector se identifique con el contenido de la obra o con alguno de sus personajes, que los sienta suyos, de tal modo que la obra funciona como los romances tradicionales, los primeros cantos del hombre que se transmitían de generación en generación, de boca en boca, hasta tal punto que uno se convierte también en creador, en actor que modifica palabras o pasajes y los adecua a su manera de entender la vida. El libro tendrá sentido siempre y cuando tenga sentido para el lector. No olvidemos que el teatro es diálogo del autor consigo mismo, diálogo del autor con sus personajes y sus textos, diálogo, en definitiva, del autor con su público.