BENÍTEZ ARIZA, JOSÉ MANUEL

BENÍTEZ ARIZA, JOSÉ MANUEL

José Manuel Benítez Ariza es un hombre aparentemente tímido al que se le podría colocar una de las etiquetas hallada en una novela de Félix Palma: Pero una armadura no hace a un caballero, porque se desmelena en cuanto la palabra se enmudece entre los bastidores del papel en un rico atuendo de expresiones y de ironías. Es un todoterreno que se adentra no sólo en el mundo del periodismo y de la poesía, sino también en la literatura del cine y en la ficción de la prosa.

Su trayectoria poética viene avalada por Las amigas (1991), un poemario que descansa en la tesitura de un mundo dual en el que la literatura recoge la estructura en parejas antagónicas propia del universo: el presente y el pasado; juventud y madurez; hombre y mujer… Un mundo ficticio con el que el autor hace frente al irremediable paso del tiempo que acaricia las notas tibias del invierno: “Aunque, a veces, el tiempo convierte la memoria en lugar habitable, en refugio de invierno con el fuego encendido”. Tan sólo nos queda la memoria de haber vivido, de naufragar de manera consciente e inconsciente en las aguas revueltas de la existencia: “Y cabe preguntarse si no le queda otro remedio que aceptar este doble papel en su existencia a cambio de una cierta felicidad: la vana sensación de victoria, de noche, contra el tedio; la resaca, el trabajo y la mala conciencia, con sabor a café negro, por la mañana.”

Ante el frío de la vida, el autor se refugia en un Cuento de invierno (1992), su 2º libro, que late en el interior de uno mismo, que vive en las paredes blancas de un iglú, en un sueño americano que se disipa con el tiempo, en la búsqueda de un rescoldo que lo respalde del desamparo, en la búsqueda de un cuerpo que le ofrezca el calor suficiente para seguir adelante: “Y en tu cuerpo encontré lo que necesitaba, lo que pude salvar de aquellos días”. El autor está conforme con vivir bajo el sueño tranquilo del anonimato y disconforme con ser uno más, puesto que no aspira a ser ni mejor ni peor, sino al menos a ser distinto. “Los paseos nocturnos tienen vistas al mar y la simulación de lluvia exige fragor de tempestad de invierno, alguna que otra exageración, para dar a la historia un final que no sea este rumor escéptico del público saliendo de la sala”.

En Malos pensamientos (1994) el poeta se tumba sobre los brazos de esa edad feliz que es la infancia, como un escudo sentimental que nos protege de esa amenaza constante que es el tiempo y esa rutina pasada que es la melancolía. Pasa revista a toda una vida cuando el peso de la memoria recae sobre todo en el Tempus fugit, en una juventud perdida y reclamada desde entonces, en un mundo que trata de alcanzar su propio sentido y en un hombre que parece enfrentarse a todo con el antídoto de la lírica. La soledad del poeta es simplemente un símbolo de la soledad superada por los versos. “Y puede ocurrir que esta noche sea una de esas noches que parecen más hermosas, quizá, con el paso del tiempo; y que sirva también de testimonio de la inutilidad de todas ellas contra esta sensación de haber dejado tu vida en una colección de estampas”.

En Los extraños (1998) José Manuel Benítez Ariza no trata de definir a aquellas personas y hechos que desconoce, sino que realmente es él quien se siente un intruso en su propia casa, es él quien se reconoce un intruso en su propia vida, es él, en definitiva, quien se busca a sí mismo. Pretende reencontrarse consigo mismo en ese viaje interior que supone la poesía: “Y uno, en ese momento, balbucea como un niño. Y se escucha a sí mismo y se consuela buscando en el dibujo de la alfombra la pieza que le falta, la silueta cambiante de la nube que se le escurre siempre entre los dedos”.

En Cuaderno de Zahara (2002) se repiten en líneas generales los mismos tópicos de la poesía anterior de Benítez Ariza con ese tono apagado de pesimismo, como esa hoja de otoño que resbala acunada por el viento no se sabe si a alguna parte. La realidad y los sueños se confunden creando la impresión de que la existencia es una turbia pesadilla bajo la cual sucumbe el hombre sin darse cuenta del rápido transcurrir del tiempo cuyas huellas se manifiestan cuando ya ha pasado por encima de nosotros. Por tanto, nos enfrentamos a una vida contemplada de forma retrospectiva y ante la cual no podemos hacer nada o casi nada, sólo exhalar este largo lamento, esa hoja triste de nostalgia. “Todavía no ha pasado lo peor: cuando esa luz enfermiza que precede a la mañana coloree las cortinas, el sueño te habrá rendido. Y comenzará otro día incomprensible, extremado, lento, prolijo. Y la vida te parecerá otra vez una extraña pesadilla”.

Su andadura en el mundo de la prosa acoge la novela titulada La raya de tiza (1996), como señal invisible, pero tácita de un periodo de la vida de unos personajes que deambulan bajo el puente movedizo de una edad incierta: de unos personajes que ya han dejado de ser jóvenes, aunque aún no se sabe si han alcanzado el grado de madurez necesario. Raya de tiza también hace referencia al contenido del libro en un asunto de narices, en un tema relacionado con el contrabando de droga: “O hablaba de una raya. Y es que le dio por decir cosas raras y solemnes. De una raya de tiza que marcaba el exacto nivel a partir del cual no estaba dispuesto a involucrarse en la vida de Rocío.”

La sonrisa del diablo (1998) encarna la paradoja ambigua de la vida en unas 12 historias que tocan las notas musicales de una felicidad dormida en un pasado roto por el rencor del tiempo. Los protagonistas vuelven sus ojos a la nostalgia del ayer, al posarlos en el libro abierto de la memoria y al amor, como único estado capaz de alcanzar cierta tranquilidad de ánimo.

El hombre del velador (1999) recoge 12 relatos en los que se entrecruzan distintos planos de la existencia humana: el presente y el pasado; el enamorado y sus rivales; los sueños y la realidad; junto a la tendencia de recurrir a los bares y a la bebida como escaparate idóneo para afrontar la vida y arrostrar el día a día, como un modo hipnotizador de huir a ninguna parte, de huir de uno mismo.

Las islas pensativas (2000) contienen distintas reflexiones sobre la vida en una trama dominada por la lectura. Un camarero cualquiera encuentra un libro perteneciente a una mujer desconocida en una de las mesas de su local cuando está a punto de echar el telón. En ese libro halla un número de teléfono y decide, tras meditarlo, marcar esas cifras señaladas en una de las páginas del libro. Al otro lado de la línea suena una voz masculina que afirma conocer a su dueña y se compromete a devolverle el libro. Se acerca a la venta a recogerlo y, después de irse, el camarero encuentra otra vez un libro distinto con otro número de teléfono apuntado en su interior. El camarero repite la escena y al otro lado de la línea suena ahora una voz femenina, la propietaria del primer libro. A partir de estos hechos se desencadena la historia y el camarero entra en escena dentro del círculo de amistades de esos personajes desconocidos. La ficción recrea un realismo crudo extraído de las entrañas de la calle que transforma a esos personajes en sabios de la supervivencia. Sobrevivir es el lema de estos protagonistas, por lo que no difiere mucho de la realidad del momento.

Por último, La vida imaginaria (1999) y Me enamoré de Kim Novak y otras crónicas de cine (2002) se acercan al mundo fantástico de la gran pantalla con una visión crítica que nos hace contemplar el cine con ojos nuevos y divisar la realidad desde todos los ángulos posibles en un universo de ficción en el que se dilucida el combate imaginario entre la palabra y la imagen, entre dos realidades que nos entran por los ojos y por los oídos.

Éste es el panorama literario de José Manuel Benítez Ariza que va camino de alcanzar la inmortalidad de las letras, aunque, si seguimos a Juan José Téllez, tendríamos que decir: “La poesía no es un buen método de supervivencia, las pirámides tienen un poco más de suerte porque son más sólidas, pero los poemas suelen recibir antes los impactos de la historia.” “Como aquí, ahora que las nubes amenazan con ocultar el sol y un vientecillo triste dibuja con las hojas caídas un extraño gesto de despedida.”