BERREY, JOGU. LA MATERIA CONSCIENTE

BERREY, JOGU. LA MATERIA CONSCIENTE

La literatura está hecha principalmente para los lectores, pero no todos se comportan de la misma forma. Hay quienes buscan en la ambigüedad y en una forma de expresión particular su razón de ser, un tipo de lector que no sólo se limite a recibir un contenido, sino que, al mismo tiempo, éstos se convierten en creadores al ser capaces de darle un significado personal a los poemas que leen. Puede ocurrir, por tanto, que no siempre coincidan en pensamiento tanto el autor como el lector y a veces puede generar un estado de insatisfacción o distanciamiento entre los protagonistas fundamentalmente porque surgen dudas e interpretaciones no muy acordes al mapa poético de quien escribe, no llega a entenderse el verdadero motivo por el cual el escritor da rienda suelta a sus sentimientos o a sus pensamientos. En cambio, La materia consciente está destinada a otro tipo de lector denominado pasivo en el sentido de que no existe la confusión y con las interpretaciones del autor sobre sus propios textos se abre la certeza de que sus poemas van a comprenderse en su totalidad y el lector actúa cuando se pone a favor o en contra de las opiniones vertidas en sus versos. La eficacia de la comunicación prima por encima de otros intereses, así como el eco ideológico del autor se derrama por entre estas páginas donde la fe y la razón se disputan el dominio del universo. Ya los humanos primitivos se consolaban con una amplia geografía de dioses para dar cabida a aquellos fenómenos que escapaban a su comprensión. Jogu Berrey esboza una cosmovisión singular donde las creencias ayudan erróneamente a que el ser humano camine por la angustiosa senda de la vida bajo la tutela de un ser superior que lo libera de sus actos y de su responsabilidad para vivir con una venda anudada a los ojos, se aferra a ese escudo eficaz contra el miedo a lo desconocido, se asoma a una realidad que puede no gustarnos. La fe mueve montañas y la razón puede hacernos caer desde su cima, de la cima a la sima. El autor es un incrédulo de masas que prefiere arrostrar los peligros de este mundo con el arrojo de la rebeldía, sin la protección de la mitología y sin el apoyo de la religión ya que llega a afirmar que “la vida tiene su origen en la misma materia”.

El hombre es una incógnita que el mismo hombre tiende a despejar hasta hallar resultados satisfactorios, pero, cuando se revelan todas las respuestas, uno tiene la conciencia de que le han cambiado las preguntas donde el pensamiento es la cara de una moneda llamada materia y la cruz es la energía. La materia consciente sugiere la capacidad del hombre para localizar en un lugar concreto, físico, el pensamiento, donde la felicidad se persigue a toda costa, mas suele huir de nuestra vida al percibirse como inalcanzable y la mentira, llámase también mitología, religión…, se comporta como un estado parcial de ignorancia o adormecimiento que nos sirve a veces para seguir vivos. Aunque hay que ser conscientes de que “ el individuo no es tan valioso como la especie”.

Para el autor el tercermundismo afecta a un sector amplio de la población mundial sin que quede exoneradas las grandes potencias dentro de las cuales se detecta una pobreza de espíritu ajena a las favorables condiciones de vida de estos individuos. Llega a afirmar que hay quienes no hacen buen uso de sus recursos, no miran más allá de sus propios ombligos y, por ello, carecen de identidad nacional. Planteado el sistema de esta forma, uno aspira a la ascensión social mediante el esfuerzo donde lo colectivo adquiere la fuerza necesaria para que el individuo se desarrolle.

“El progreso es sólo una canción” cuya melodía pegadiza suena bien ante la indefensión de las masas, pero cuya letra no tiene nada que ver, en la mayoría de las ocasiones, con la realidad y se muestra vacía totalmente de contenido. Es el sueño de un estribillo quien sigue todavía en pie, el sueño de un estribillo que aún no ha despertado, que duerme bajo la varita mágica de los poderosos en su afán por no hacer nada, por no tocar demasiado las teclas de un piano que es el mundo, aunque sus incursiones terminan por desafinar en muchos oídos. El hombre es un lobo para el hombre y, por ende, debe luchar contra sí mismo para llegar a ser libre. La libertad “es vivir en la locura / del amor a cada instante. / Pues no se es libre quien camina / esclavo de su conciencia “.

Nuestro primer impulso consiste en ser animales. Sin embargo, la naturaleza empieza a quedar relegada a un segundo plano ante la jungla urbana, ante la tecnología mal entendida y el progreso a cualquier precio. Las grandes ciudades mueren por su misma grandeza, por la grandeza de dioses de los mortales, por ser esclavas de sí mismas y quisieran ser, al menos, mariposas sin alas. Un animal que sueña con su libertad, que ha sentido la sensación de volar, de que sus ilusiones despeguen de una vez por todas sin necesidad de arrastrarse. Un animal que, si no cumple sus objetivos, se alza como paradigma de la superación. Jogu Berrey no abre las puertas a la poesía, abre las puertas a su alma, al ser humano que hay dentro de él. Escribe para dar a conocer sus ideas, sus sentimientos y sus pensamientos, pero, sobre todo, escribe para conocerse a sí mismo y para que los demás lo conozcan. Es consciente de que partimos de la materia, es la materia quien cobra conciencia para proclamar a los cuatro vientos que, si fracaso en el intento, siempre me quedará el consuelo, nos quedará el consuelo de haber fracasado.