CARVAJAL, ANTONIO. TESTIMONIO DE INVIERNO

CARVAJAL, ANTONIO. TESTIMONIO DE INVIERNO

Enero en las ventanas

La poesía se caracteriza en líneas generales por la carga simbólica que atesora, de modo que es necesario para interpretarla conocer algunos códigos. El invierno, representado por el mes de enero, tiende a crear un universo en el que desde la atalaya de los años uno contempla el desfile de un pasado lleno de nostalgias y de olvidos. La aurora puede identificarse con una infancia rememorada a través del tiempo, desde una distancia tan lejana que los recuerdos se ven inmersos en la niebla de la existencia produciendo en ocasiones el aroma ceniciento de la melancolía. 

El poeta no hace otra cosa más que observar la realidad que lo rodea e interpretarla con el corazón. Antonio Carvajal observa la vida desde una ventana, cristal del tiempo desde el que se busca a sí mismo, desde el que columbra el pasado, desde el cual puede dialogar con un alter ego que le muestra el paisaje interior y exterior del que está hecho. Al mismo tiempo, la ventana abierta deja volar las ilusiones, las alas de un gorrión que revolotea sobre nuestra conciencia y el canto de un locus amoenus que forma parte de nosotros.

La presencia lejana

La melancolía teje sin desmayo el cuerpo desnudo de la memoria en un intento por capturar el deseo, por captar el carpe diem de la rosa: cuando crees alcanzarla, ya se nos ha escapado de las manos y nos queda su esencia. Antonio Carvajal nos sirve de guía por la Alhambra y sus alrededores. Pasea sus versos por las Torres Bermejas, por la Torre de las Damas, por la Alcazaba, por el Peinador de la reina, por el Patio de los arrayanes, por el Patio de los leones y sus salas. Sus poemas recorren el valle y la vega granadina, la carrera del Darro y la flora y fauna de la zona. Los muros de este pasado encierran la sabiduría del tiempo, de una distancia que nos aproxima a la realidad de la vida. La naturaleza representa la existencia de Dios en la tierra y la promesa del paraíso, como espejo, queda reflejada en la sed del agua. He de confesar que jamás he notado la presencia de un paisaje con tanta intensidad que a través de las palabras del poeta. El goce de los sentidos tiene su razón de ser en el paisaje de la Alhambra. La presencia lejana nos deja el sentimiento que se esconde detrás de las piedras, el silencio que se oculta más allá de la historia.

Una figura herida

El poeta navega en busca de la belleza a sabiendas de que ésta es tan efímera que sólo nos deja gozarla unos instantes que equivalen a toda una vida. El hombre se empeña en vivir intensamente la herida y luego canta sus placeres. El polen de su esencia no es más que estos versos derramados en el papel.

El paisaje natural que evoca con nostalgia el poeta se enfrenta al paisaje artificial de la ciudad donde el hombre hace y deshace a su antojo. Las estaciones se suceden a un ritmo vertiginoso y uno deambula perdido por los recovecos del tiempo y de su conciencia. El dolor de la nostalgia consiste en que tarde o temprano ese otro te abandona a tu suerte sin poder alcanzarlo, atisbando una tenue luz entre la niebla. En estas circunstancias el poeta se aferra al verso y al bálsamo de la amistad, pues teme más a la soledad que a la muerte. Una figura herida es una despedida del alter ego del poeta y una sombra que huye de uno mismo sin un adiós que llevarnos a la boca. Habría que gritarle al reloj de la vida: el tiempo nos debe una disculpa. Se va sin despedirse.