CEBRIÁN, CARLOS. CELEBRACIÓN DEL MILAGRO

CEBRIÁN, CARLOS. CELEBRACIÓN DEL MILAGRO

Los sueños no se escriben, sino que se sueñan. La pasión no se entiende con las palabras, sino con los cuerpos y, sin embargo, percibimos la necesidad de emborrachar el papel con nuestros sentimientos. Con estos términos parece justificar Carlos Cebrián La celebración del milagro, pues no es tan descabellada la idea de que un poemario salga a la luz. Para el lector de poesía cada ventana abierta a este mundo esboza un paraíso en el que perderse descaradamente se convierte en un disfrute.

Para el autor la vida no se limita a actuar como un fotograma en blanco y negro que desfila ante nuestros ojos, sino que acoge la amplitud de matices de la realidad en un boceto en el que el elemento cromático no se pierde y le confiere intensidad a esa visión personal del poema. Más allá de las palabras permanecen vivas las esencias del asombro, las sombras de luz de la vida, la luz de las sombras que se muestran tal y como son. El simple gesto de la ternura se desnuda sin necesidad de abrir la boca.

El presente, el pasado y el futuro se dan la mano para que el poeta pueda encontrarse consigo mismo entre los escombros de su vivienda. El hogar simboliza los vacíos que han de llenarse con el fuego de las llamas, con el hechizo de las palabras, con el embrujo del amor. La mirada es una casa habitada de sueños y la patria un corazón abierto a la calle, a las almas deshabitadas.

Carlos Cebrián recoge las nostalgias de la tarde con la sonrisa tonta de abrirse a la noche, llamar a la puerta entreabierta de los sueños donde la misma imagen de siempre nos agrada sin que duela la herida sangrante del tiempo. No hay relojes cuando uno piensa en alguien, mientras que la existencia se hace tan fría que nos refugiamos bajo el abrigo de otros cuerpos, al calor de unos labios dispuestos a hechizarnos con sus besos.

El poeta se lanza decidido a nacer a la vida o vencer al amor o tal vez alcanzar el orgasmo del papel o el lirismo de la pasión. Quizá el milagro arranque en los pequeños detalles de la existencia donde la luna se transforma en la mejor amante posible, pues se mueve con el sigilo de quien conoce su camino, donde el amor lleva el disfraz de la paradoja y anhela ser feliz entre llantos, donde el tacto dormido es incapaz de encender el deseo cuando la luz se apaga en medio de la noche.

El juego amoroso se basa en la sencillez de las derrotas, en la levedad de las victorias, en la consumación del vacío que se llena con la simple ternura de una mirada, con el silencio atolondrado de estos versos. Es preferible no llegar nunca al final, pues de ese modo nos quedamos sin metas, se agotan las renuncias y las palabras, la pasión y la huida. Pero el soñador prefiere la caída. La derrota del deseo sólo se produce cuando se consume la pasión, pues nunca surge como lo soñamos. El fuego se desbarata y prende de nuevo de las cenizas. El amor es un susurro al que hay que aplicar el oído día a día. Se enreda bajo la sombra exhausta del deseo, del sexo, de la consumación. Paladea el sabor amargo de la muerte, de la pérdida en cuanto se ha consumado.

El amor se enfoca como guerra que establecen los amantes donde no hay fronteras entre la derrota y la victoria. El amor es dolor a fuego lento. El dolor es amor en la distancia de dos almas que apenas se rozan.

El milagro está hecho de teselas de un mosaico que nos conduce al desastre, a la belleza torpe de la caída, de una despedida incapaz de contener o aportar sus propios pañuelos. El milagro surge cada vez que contemplamos ante nuestros ojos un nuevo libro de poemas.