EICHELBAUM SÁNCHEZ, GUADALUPE. TENGO PIES

EICHELBAUM SÁNCHEZ, GUADALUPE. TENGO PIES

Hay quienes se dejan seducir por los oropeles de un argumento moldeado por las hadas solitarias de la imaginación, quedan envueltos en la niebla espesa de una historia extraída de las entrañas de la fantasía sin apenas rozar el suelo firme de la realidad. Otros, en cambio, se sumergen en una literatura de experimentación que traza sus líneas más allá de los límites como un modo de rebeldía ante los modelos propuestos, como una forma vital de denunciar la falta de libertad que reina en una sociedad altamente domesticada. Hay también quienes se aferran al quehacer cotidiano de los hombres y las mujeres para, a partir de un hecho verosímil, crear un mundo de ficción que reproduce más fielmente la vida que la propia vida. No me refiero a una literatura realista que copia con fidelidad cuadros de costumbres, sino a una manera de escribir que, por encima de la acción, bucea en la psicología de los personajes como si los pensamientos de éstos fueran el hilo conductor de una trama que nos hechiza, unas veces desde el corazón y otras, desde el intelecto. Guadalupe Eichelbaum es una de esas escritoras que acarician la pluma con tanto mimo que sus personajes nos salpican tanto el cuerpo como el alma.

Si Unamuno se concentra en un género que da rienda suelta a sus concepciones filosóficas sobre el universo y la existencia, plantea en algunos casos el dilema entre la fe y la duda, forja, en definitiva, los principios básicos de su personalidad; si Baroja cree en una ficción proteica donde caben todas sus preocupaciones, desde el afán por contar la aventura hasta el ensayo pasando por el humor y la ironía; Tengo pies de Guadalupe Eichelbaum funda una manera de afrontar la vida que queda reflejada en su producción artística.

Con ese título nos quiere decir que no se aleja un ápice de la realidad, nos enseña el árbol de sus inquietudes con unas raíces fuertemente arraigadas a la tierra. No se anda por las ramas, de tal forma que con sus propios dedos teje el aliento metafísico de una mujer que afronta el dilema de la separación matrimonial desde el punto de vista físico de la ausencia, desde el prisma psíquico de la soledad. Ante la falta de amor encuentra el asidero de la amistad. Yo no lo llamaría novela feminista, pues no tiene por qué entenderse así toda novela que se aborde desde la costura narrativa de la mujer, de la misma forma que no es novela machista toda aquella que se acoge a las riendas de un hombre. Es, en conclusión, una historia tan contemporánea como antigua, con la salvedad de que ahora hay una mayor libertad para filmar los ángulos oscuros de la existencia. Guadalupe Eichelbaum aporta luz a ese mundo de sombras que presenta su eco en el espejo redundante del presente.