El tabaco

El tabaco

Los fumadores tienen la insana manía de posar unos cigarrillos por sus labios como quien lanza besos a la intemperie sin ningún destinatario fijo. Llegan a afirmar que su conducta es totalmente romántica. Lo que ocurre es que hoy en día no está de moda el romanticismo y la gente se ve envuelta en el mundo del consumo a ultranza como si el lema de gastar por gastar fuera más sano. A pesar de todos los obstáculos que han ido saltando a lo largo del camino, en líneas generales se muestran comprensivos y aceptan las imposiciones con relativa deportividad. La fuerza no suele ser buena consejera, mientras que sería más efectiva la educación como forma más eficaz de mostrar a las claras que el tabaco perjudica seriamente la salud del que fuma y de los que por las circunstancias del momento se encuentran en el mismo espacio. La ley antitabaco no va en contra del tabaco, sino de los fumadores, pues no se prohíbe el consumo, sino el acto social de compartir diversos modos de concebir la realidad.

De nuevo intentan establecer una división maniquea de la sociedad, de tal modo que sólo existen buenos y malos, sin comprender que entre el blanco y el negro desfila siempre una amplia gama de grises. El bueno no siempre es tan bueno como lo pintan y el malo puede sentir ciertas dosis de generosidad, de bondad.

Es cierto que el humo molesta a aquellos que no tienen la costumbre de fumar, pero también es lógico que pueden convivir ambas tendencias sin necesidad de verse por separado. La distancia suele convertirse en ocasiones en barrera de conflictos.

No es aconsejable querer sacar tajada en la economía de los impuestos y lucir la bandera verde de la salud a un mismo tiempo. La expresión ni contigo ni sin ti puede resultar verosímil en otros ámbitos, mas no parece apropiada para el tabaco.

He de confesaros un secreto íntimo: nunca he fumado y, en cambio, la diosa fortuna a veces me sonríe.