GONZÁLEZ, DAVID. LA CARRETERA ROJA

GONZÁLEZ, DAVID. LA CARRETERA ROJA

La poesía ya está inventada. Los temas son tan antiguos que se repiten en el eco del papel, como orfebres que con sus manos dotan al verso con un toque especial. No es la originalidad lo que prima en esta época, sino la manera particular con la que se enfoca la realidad del momento. El poeta más que crear recrea sin que esta afirmación desmerezca un ápice el resultado final de su trabajo. A veces es más meritorio empaparse en otros lagos para dar forma a tu propio paraguas. David González recrea el tópico clásico de la vida como viaje, como camino machadiano que emprende el hombre para conocerse a sí mismo y entregarse a los demás. El poema es el espejo donde se contemplan todos: lectores y escritores. Lo rural se hace urbano y el camino se hace carretera. Sólo falta la pasión, la entrega que adquiere tintes cromáticos. La sangre se derrama como tinta roja arrojada al mar impetuoso de la lírica. Así se presenta La carretera roja.

En este escenario la vida es tan perra que merece la pena ser vivida: Solo yo camino por el centro de la calle. / sin paraguas. / Mojándome. Está claro que el hombre debe probar detenidamente todo aquello que se traga sin tragarse todo aquello que prueba. David González se muestra encantado de lanzarse al vacío si esa experiencia supone beberse el mundo sorbo a sorbo, a pequeños buches y a grandes tragos. Se muestra encantado de llenarse las manos y de quemarse, pues el hielo es una estación que no asume el poeta. Se muestra encantado de salir a la calle sin corazas ni máscaras, a cuerpo desnudo y a cara descubierta. Se muestra cansado de callarse lo que otros callan, grita sin medida, vive con excesos y con desmesura. David González no viene dispuesto a endulzar la derrota con el recuerdo, sino a proclamar la victoria con el ejemplo, a soportar en sus hombros el peso exagerado de una existencia. Juega con la concepción de la infancia como paraíso perdido que en ocasiones no le trae muy buenos recuerdos. El poeta ni es bueno ni aspira a serlo, ya que considera que todo hombre tiene su cara amable y su cruz rencorosa. No tiene más remedio que censurar abiertamente ese mundo de vampiros donde rige la ley del más fuerte, donde las razones se esgrimen a golpes y no a través del diálogo. El poeta lucha por un mundo mejor con sus propias armas. Todo ser humano posee un arsenal de verdades renuentes a saltar a la intemperie. David González desenfunda la palabra dispuesto a equivocarse, pero no a quedarse quieto: No te pegan porque hayas hecho nada malo, / te pegan porque no puedes devolver los golpes / ni tienes a nadie / que los devuelva por ti.

Las hojas de un almanaque se caen al suelo de forma precipitada y las estaciones no sirven de un año para otro. El tiempo se agiganta y la única manera de vencerlo es el olvido, un refugio oculto entre las mortajas del silencio. Cuando los años trascurren, uno está más próximo al cementerio que a la infancia. Al menos queda el consuelo de fijar la mirada al frente sin dar la vuelta atrás, sin huir. La muerte se apiada a veces de los enfermos. La vida no tiene compasión, ni uno encuentra un tren que haga el mismo trayecto en dos ocasiones diferentes. La vida no te ofrece una segunda oportunidad. Sin embargo, late la esperanza entre las alas del verso: Amaré la vida siempre, / y no sólo en el momento de perderla.

La necesidad de amor y el eco lejano de la enfermedad hacen que la vida no se tome ni siquiera un respiro. El poeta se despide de sus progenitores con la culpa de quien quisiera decir la última palabra: un te quiero, por ejemplo. Ni siquiera la posibilidad, / el consuelo, / de alzar el brazo y decirles / adiós.

David González se siente más humano entre los animales que junto a algunos desaprensivos. Su corazón es un reloj de arena que sueña con morir en una orilla perdida, en brazos de una mujer incapaz de controlar el pulso de sus latidos, pero capaz de amarlo. Hay tantas cosas que se escapan al control del ser humano, que uno sólo encuentra respuesta en la certeza de que la vida es el camino más largo hacia la muerte. La familia y los sentimientos laten con fuerza, con una inusitada voz que resuena más allá de los versos, en el fondo del estanque, en esa maltrecha conciencia que cada uno celosamente guarda y termina por sacar a la luz sus trapos sucios: Sabía el final. / Y no era feliz. Y es que uno no busca la literatura por dinero, sino por amor. David González es un enamorado de la vida.