LUQUE, ALEJANDRO. LA PLATA FUNDIDA

LUQUE, ALEJANDRO. LA PLATA FUNDIDA

BODAS DE PLATA

                                                                                                  A Alejandro Luque por su Plata Fundida.

Alejandro Luque concita

bajo la amnistía de la noche

el aquelarre de musas

que rebosan la embrujada Tacita.

  

El epígono de la historia y buceador de poéticas

conjuga en La Plata Fundida

la madrépora de versos que navegan

en las ánimas solitarias de la lira.


Los poemas se suicidan

contra el malecón de la Caleta

y caen sobre el bancal de oro inmarcesible

que lame con su lengua

la sal de las palabras.

 

Las canas nictálopes de Antonio Hernández

corren a hurtadillas

por las sílabas de la memoria,

asisten a la naumaquia

entre las razones del sentimiento

y los sentimientos de la razón,

tragan la saliva incierta de las aguas

cuando cabalgan por las fronteras del destino

y ahogan la calle sevillana del aire

con una laxitud de exilio y de nostalgia.

 

Francisco Bejarano cumple castigo

en la piscina de folios que baña

la esclava adolescencia de un orfebre.

Está tan cansado de escribir

que descansa escribiendo.

Las cicatrices susurran una soledad

agotada en el incendio de las horas.

 

Aunque los palacios de las rocas

apunten siempre al Atlántico

y la muerte se tape con sueños blancos

al despertar el sueño de la muerte,

amaré la vida.

 

Aunque el sol maltrate a sus amantes

en los hematomas del cielo,

cuando el fuego de la luz

se transforme en espumas,

amaré la vida.

 

Aunque únicamente me mire

en el reflejo de los fonemas

recogiendo retales de un alma perdida

y la lluvia moje las tupidas alas de la inspiración,

amaré la vida.

 

Amaré la vida,

aunque nada cambie desde el momento

en el que solo un individuo escuche mi llanto.

 

La rosa de tu nombre

ofrece un corazón de gaviota

que imita los contoneos seductores del papel

en el orgasmo del aire,

que tiene un verso para cada pétalo.

 

En la parrilla del pasado hierve la amnesia

levantada por el polvo de las heridas.

Las páginas manchadas de tinta

empiezan a conocerme.

 

En Téllez la poesía se viste

con una minifalda de arena

arremangada por el levante

ante el intento fallido de cubrir la desnudez

con sus manos azules

en el escenario risueño del Estrecho.

 

En el álbum de vocablos en blanco y negro

disfrazo mi torpeza con endecasílabos,

aparezco como una lata abierta de conservas

que pudre el atún de los días

ante el famélico antojo por las quinceañeras.

 

Dejé a la novia de la retórica por amor

y la pereza conserva la carta de los adioses

sobre la marejada pasional de una sonata de lluvia.

 

En los baúles del tiempo

retengo las olas que rompieron.

La estrofa de mi pecho contiene

una maleta de sucesos inéditos.

 

Las paredes negras de la negra luna

suelen rezumar el alcohol de los dioses

sobre la barra afeminada de los astros,

como camareras improvisadas

de una orgía mitológica.

 

Las caries del dinero nos muestran

las melladas de tristeza del pudiente

y la carcajada inexplicable de la libertad

musicada en las caracolas

marinas de los piratas.

 

En una botella de cristal se entretiene

el perfume femenino del insomnio.

 

Las lágrimas del olvido

no pegan un ojo

en el descanso de la siesta.

 

Las sirenas frotan

la superficie convexa de las ondas

invocando al genio de la lámpara:

– Quiero que un apuesto náufrago

haga de pez para nosotras. –

 

No sabemos mostrar la cara más sincera

y quizás más fea de las palabras,

sino antiguos fotogramas de la hipocresía

haciendo continuamente el amor

en la palma acolchada de las mentiras.

 

Las drogas domésticas de la escritura

colgadas en el armario de la ficción

desempolvan los manuscritos errantes

de una juventud exprimida en la pluma.

 

La Plata Fundida de Alejandro Luque

rememora las bodas de plata

de la Tacita de Plata.