MARTÍN GALLEGOS, ÁNGELES. RENATO

MARTÍN GALLEGOS, ÁNGELES. RENATO

La originalidad es un tópico inalcanzable que algunos mortales tratan de rozar con la yema de los dedos más que nada para romper los moldes que las reglas nos ponen delante de los ojos. ¿Para qué están las reglas, sino para saltarlas de un brinco impunemente, siempre y cuando el prójimo no se vea afectado? Cada uno utiliza el arma que más conoce o simplemente aquel que tiene más a mano. Ángeles Martín Gallegos se adentra en el mundo de la letra impresa derramando pistas que nos muestran el camino a través del cual se entrecruzan los planos de la realidad y los planos de la ficción. Su labor de profesora de instituto corre paralela a la doble maternidad del protagonista que nos cuenta los entresijos de su familia. Tanto la madre biológica, como la madre literaria de la criatura se aferran al Pane lucrando de la docencia y cito literalmente un pasaje de la trama: después de ganar las oposiciones a la función pública como profesora de instituto. Su queja se traslada al papel para desempeñar la doble funcionalidad de su conocimiento y de su entorno más amable. Para tal fin desenfunda la palabra al antojo de un narrador peculiar que deambula por los vericuetos más entrañables de la vida. La autora se deja llevar por la voz de un sietemesino capaz de soportar sobre sus nacientes hombros el peso descomunal de una existencia e incapaz de articular un solo vocablo: Qué estupidez llegar a quedar preñada para obtener el narrador de una historia sin sentido. Los niños no nacen con el don de la palabra en la boca, aunque sí con el pensamiento a todo trapo, a flor de piel. La madurez no se consigue con la edad, sino que es este dato el punto de inflexión de la novela donde la ruptura con la lógica supone la coma de arranque de una historia, donde el lenguaje juega a las casitas con el lenguaje, donde el humor viene en ocasiones acompañado de lo escatológico, donde la tragedia se enreda en los pliegues ocultos de la comedia y la comedia llora a moco tendido ante el arrullo del drama, donde la mitología se asoma de puntillas y las supersticiones se mueren en el sueño de unos huevos.

Ángeles Martín Gallegos aborda el concepto de la metaliteratura cuando campan a sus anchas versos conocidos y alusiones a escritores consagrados. La función metalingüística se acuerda del subjuntivo, pues el clima de irrealidad o deseo que embarga una parte de la novela tropieza de bruces con la verosimilitud creando la apariencia de que solo hay un puente que separe la vida de la ficción. Los topónimos traen bajo el brazo un significado inconfundible. En el contexto de una España rural anclada en las tradiciones no es extraño que el nombre del pueblo sea Salidas. Hay que huir del lugar en el que viven los protagonistas para perder de vista la sensación de sentirse hostigado por las costumbres ancestrales. Hay que escapar de las cadenas invisibles de una sociedad que te atrapa sin darte cuenta, que te hace vivir como extranjero en tu propio país. Hay que expulsar el contenido de unas entrañas porque en ello nos va la vida. En la paranomasia del gentilicio salidarios con solidarios se pone de manifiesto el contraste de una existencia donde los hombres no creen en ese Dios que nos invita a permanecer pasivos ante la posición social que la cuna nos proporciona, donde el esfuerzo es el mejor escudo para arrostrar el día a día, donde la justicia aparece disfrazada de humorista que sólo hace reír a los poderosos, de luto cuando se dirige a los honrados trabajadores, donde el trabajo alimenta más que la comida, donde la fe con sangre entra sin que uno se atreva a interpretarla por su propia cuenta, ya que las cosas de Dios creedlas y no andadlas.

Ángeles Martín Gallegos titula su novela con el apelativo de Renato, pues, si una madre vuelve a nacer cada vez que sale a la luz el fruto de sus entrañas, una escritora vuelve a nacer cada vez que engendra un conjunto de palabras nacidas entre los escombros de su alma. La hija de su pluma a veces se comporta de manera caprichosa.