MENDICUTTI, EDUARDO. ÚLTIMA CONVERSACIÓN

MENDICUTTI, EDUARDO. ÚLTIMA CONVERSACIÓN

Las paredes de una vivienda recién adquirida se comportan como un bebé recién nacido, son incapaces de balbucear palabras, de escribir su propia historia hasta que la frialdad de sus muros abandona el silencio y adquiere los rumores de las personas que la habitan. Las casas necesitan el calor humano para sobrevivir de la misma forma que los hombres sobreviven bajo la historia de su propio hogar.

Última conversación retrata la disgregación de una familia en claro paralelismo con la decadencia de una casa que los alojó desde pequeños, como si las grietas de los muros encarnaran con crudeza las arrugas que el tiempo va dibujando en el rostro de unos supervivientes reacios a abandonar el pasado, a mirar desde la distancia esa época dorada sobre la que descansa el recuerdo, a comprender la situación que los ha llevado a la necesidad de vender los vestigios de un hogar que choca de bruces con el mar y con el presente. La protagonista, en nombre de la familia, mantiene una charla de despedida con el anticuario, que hace de intermediario en la venta, y pretende adquirir en ese clima de derrota un cuadro de la Natividad. Un cuadro que parece apenas poseer sentido después de perder la casa y, sin embargo, se convierte en el hilo motor sobre el que transita la historia: la protagonista quiere dar a entender con su negativa que la derrota no ha llegado a consumarse del todo y el anticuario pone todo su empeño en salir airoso en la batalla, pues la victoria lo acerca a la escala de los nuevos ricos, sirve de escaparate donde el mundo pueda verlo y él pueda ver el mundo.

Cabe destacar en la prosa de Mendicutti cómo el paisaje se va adueñando del estado de ánimo de los personajes y éstos se convierten en prototipos de un modo de vida que los hace universales, salir más allá de sus límites, saltarse las fronteras de la historia para llegar al corazón del lector.