MORENO, CARMEN. SOMBRA MÍA (SEVILLA. 2000)

MORENO, CARMEN. SOMBRA MÍA (SEVILLA. 2000)

En el preludio la música arranca en sus primeras notas sobre el temblor del verso para vencer al demonio del olvido. El tiempo cae derrotado ante el murmullo eterno de una sinfonía como sueño en fuga de unos dedos que amenazan la supremacía de los dioses: y esperar / que no haya en el Coliseo más muerte que la del tiempo.

Como gota de lluvia que interpreta su propia melodía, así canta la palabra en el poema. Son diálogos que el poeta establece consigo mismo. Es la música clásica charlando con Beethoven. Mozart despierta entre las brumas del pasado. El poder se pierde de tanto tomarlo, se escurre de nuestras manos en el momento en el que nos consideramos más ágiles que el tiempo. Los dioses afrontan el inconveniente de no saber qué hacer con tanta inmortalidad. Sombra mía supone un homenaje a la música por cuyas bambalinas desfilan canciones y cantantes, letras y notas: He aborrecido a los dioses / porque han negado, necios, el poder de la música; / he amado y sobrevivido al amor.

Carmen Moreno recrea una poesía más apta para el oído que para la vista. Bebe de los orígenes de la lírica cuando ésta era acompañada por un instrumento musical, conserva la esencia de los juglares que no se sienten autores, sino actores que se entregan a su público, pues la poesía es comunicación que no termina hasta que los versos escritos llegan a oídos de los lectores. Los escenarios de la nada se desbaratan con la llegada del amanecer. ¿Las sombras pierden el cuerpo al que pertenecían o son los cuerpos quienes dejan de lado a sus sombras? La soledad de la multitud late en la conciencia de muchos y uno sólo pide no estar solo en esos momentos. Necesita una canción de cuna para matar el tiempo, para atar en corto el mundo fantasma de las nostalgias. En el viento quedan suspendidas las nubes de la lira como frutos ahorcados en las sogas de las ramas. El amor sólo se explica en torno a las paradojas, se pierde entre la esperanza y resucita en manos del olvido: [Del olvido aprendí el recuerdo (…) / y cuanto más olvido más te amo.] [Es eterna la espera del que ama. / Será también eterno el día que me quieras.]

Sobre la piel quedan grabadas las huellas del tiempo, el eco torpe del futuro donde el amanecer se empaña entre las sábanas puras de la niebla. El peso de las horas se refleja en el espejo de un cuerpo al que: “ya nadie le roba besos”, y el engaño se identifica con la figura de Judas. Así regresa el otoño con las hojas esparcidas por las grietas del ánima: Y las palabras vagos soplos de memoria. / Cuando al alma no le queda más que telarañas / las sombras se sacuden el tiempo.

Sombra mía recoge los pétalos moribundos de la infancia como paraíso perdido a la vuelta de la esquina: Recuerdo el corazón repleto / apenas sin cuerpo y / una niña danzándome en los años.

Al final uno se pasa la vida persiguiendo sombras que antes fueron luces.