MORENO, INMACULADA. SON LOS RÍOS

MORENO, INMACULADA. SON LOS RÍOS

La palabra es un antídoto eficaz para combatir los venenos de la soledad, mientras que el tiempo es un reloj que nunca descansa, que golpea nuestra conciencia como si nada nos perteneciese en un mundo que ya estaba antes que nosotros. Si los héroes ya no existen, sólo nos queda la posibilidad de contemplar con nuestros propios ojos la realidad del momento.

El poemario Son los ríos descansa sobre la lectura sosegada de Las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, con el afán de pasar revista por la existencia humana en ese camino de obstáculos que supone la vida hasta llegar al mar, hasta enfrentarnos con la muerte donde el tiempo se erige como único testigo capaz de ofrecer una mirada crítica sobre el hombre.

Inmaculada Moreno estructura el libro en tres partes cuyos títulos responden a versos manriqueños bajo el paréntesis de un poema inicial que sirve de declaración de intenciones y uno final que gira en torno a la escritura, a la definición del poema como comunicación del poeta consigo mismo, del poeta con el lenguaje, del poeta con los lectores. La autora pone de manifiesto los sueños perdidos por la aurora.

La primera parte llamada Cualquier tiempo pasado reflexiona sobre el ayer, sobre las consecuencias que el paso del tiempo deja en nosotros, sobre la nefasta idea de que todo hubiese sido diferente si hubiésemos actuado de otra forma, pero la verdad es bien distinta: dejaríamos de ser nosotros mismos para convertirnos en un extraño dentro de nuestra propia casa.

Inmaculada Moreno afirma que el recuerdo tiene tan mala memoria que no es capaz de esbozar el boceto de la ausencia, tiene alma de fotografía en blanco y negro. La imagen del pasado no se reconoce en el presente, pues la vida es un hoy, es un es que no tiene ni pretéritos ni futuros. El retorno a la infancia más que paraíso perdido es polvo calcinado que nos muerde las entrañas cada vez que evocamos las sombras de sus sueños, los fantasmas de los miedos.

La autora recrea el silencio de la siesta como un campo de promesas incumplidas donde las esperanzas ruedan hacia el olvido, pues el poeta se desdobla confundido en ese yo tan lejano que corre a hurtadillas por el trapecio de los años. La descripción es una existencia sin movimiento donde permanecen las fotos antiguas y los espejos de antaño. Uno siempre trata de recuperar la sonrisa de papel del recuerdo y sólo acude la mueca de un rostro ausente. Siempre es el tiempo quien se encarga de arruinarnos el alma, de tenernos como esclavos en un escenario donde la libertad no es tan fácil como llegar tarde a casa o transgredir la ley en un vespino.

Si vemos lo presente se aferra al tópico del carpe diem, pues el universo que habitamos no concede segundas oportunidades. Aquellas que se escapan al limbo regresan bajo el atuendo de la nostalgia como espina que se clava en el tallo de una flor: La belleza es fugaz como las rosas, / mortal como los ríos, / y es la vida una carta inacabada. Querida Inmaculada: el principio de esta carta ya está esbozado. Confiemos en que la vida tarde mucho en acabarse. Al menos seguirá viva en los versos.

La vida se identifica con la corriente de un río. Nunca ves la misma agua, al igual que cada hecho es único e irrepetible. El tiempo se desnuda con tres prendas: mañana, tarde y noche. El mar se respira con tanta energía que la vida se consume a fuego lento sin que se llegue a sospechar que estamos al borde del camino, siempre en la cresta de la ola.

El verso es la espada que lanza contra la rutina y ese reloj de arena que nos recuerda la sed del vaso. La vida se compone de pequeñas piezas que el viento desordena y es entonces cuando uno tiene que enfrentarse a vivir consigo mismo, porque hay tiempos que asolan como el frío, / guarecerse es difícil / para quien no encontró refugio entre sus cosas.

Que van a dar a la mar concentra sus fuerzas en el ocaso, en la caída convertida en una derrota que nos da la victoria. Las alas de la vida caen sobre el suelo en el momento exacto de la muerte, de ese mar donde los ríos van a morir, donde los ángeles han optado por humanizarse hasta el punto de fallecer en el intento. Inmaculada Moreno se pregunta: ¿y si los pájaros no cantan? en un guiño evidente al fin de la existencia. Si las aves no muestran su perdida melodía, serán sus versos quienes arrimen su pico dorado al canto.

La vida se muestra tan caprichosa que es imposible seguir sus directrices. Se nos escapa de las manos como reptil incapaz de ajustarse a un guion establecido. El hombre se arrastra hacia la muerte.

La oscuridad es el fantasma de la muerte que deambula por la casa como residente habitual sin más sábanas que la ceguera de unos ojos. Abramos los ojos y escuchemos a Inmaculada Moreno.