MURCIANO, ANTONIO

MURCIANO, ANTONIO

               Lo bueno de vivir en un Locus amoenus como el marco idílico que confiere el pueblo de Arcos es que uno no tiene que inventárselo, sino sentirlo a cada palmo, a cada palabra, a cada latido, como si la vida no fuese la misma sin ese paisaje y sin esos versos. Antonio Murciano nace el 29 de diciembre de 1929 y desde niño ya sintió predilección por la lírica. Sus primeros escritos deambulaban en el papel a los 8 años de edad. En 1949 crea la revista Alcaraván que tendrá mejores vuelos que tropiezos como un borrador de ensayos donde aprende a pulir el verso.

              De sus tres aficiones: el fútbol, el cine y el flamenco, la que cala más profundamente en su poesía es ésta última, pues el ritmo del flamenco se adhiere a una forma de poesía tradicional que cultiva el poeta con éxito. Sin embargo, junto a una poesía para el pueblo, Murciano teje con maestría formas métricas tan complejas como el soneto. Es capaz de hacer conciliar lo popular con lo culto en un escenario donde lo cercano se hace universal, de forma que los valores de un hombre campechano se hacen extensibles a todo ser humano. Desfilan por el alambre de la poesía tipos como el jugador, el buhonero, el tonto, la sabia, el oficinista, la beata… y lacras sociales como el paro y la pobreza alzan sus sombreros de dignidad al aire como un brindis al sol por un futuro más próspero.

Con su pluma el poeta despierta al pueblo dormido entre los brazos de la niebla como un sueño que recorre las casas blancas de su infancia, la torre desnuda del pueblo se erige como un mirador a la naturaleza que embriaga del todo al poeta, se detiene en las tabernas donde la comunicación se hace tan palpable que el silencio descubre los secretos de la mañana y la plaza donde se reúnen los vecinos nos ofrece el verdadero sentido del calor humano. Los edificios saben callar sus secretos con una boca de piedra y el verso fluye de manantial sereno mojando sus pies en el río donde la naturaleza dormida despierta las ansias del poeta por entregarse al goce, a la contemplación de una belleza que se pierde entre las aguas del Guadalete, entre los pueblos de la sierra.

Antonio Murciano asiste al encuentro con la ciudad que le trae consigo la nostalgia del pueblo donde la infancia se confunde con el paisaje, con las casas y con su gente. El poeta se reencarna en el río, en el ave… para dejar volar la imaginación hasta cotas insospechadas. Tiene palabras para todos, aunque gira en torno a dos elementos: la amistad y el amor donde los hijos aparecen como una forma de revivir la infancia en el otro con la madurez del adulto. En definitiva, Antonio Murciano quiere salvarse a través de la poesía y lo consigue con creces.