ORTEGA GARCÍA, GUADALUPE. NUNCA ME HAN REGALADO FLORES

ORTEGA GARCÍA, GUADALUPE. NUNCA ME HAN REGALADO FLORES

Las flores y las palabras comparten un mismo universo: la esencia de la belleza y la impotencia de captar lo fugaz, lo instantáneo, de detener el tiempo en un instante como el objetivo de una cámara cuyo éxito radica no en plasmar la superficie, sino en retratar el alma, el mundo interior del que le sonríe a la vida.

Guadalupe Ortega García se sincera en el papel como un modo eficaz de salir a la intemperie sin cadenas o con la única atadura de sus sentimientos y el papel siente el pulso acelerado de su angustia, de sus temores, de esos fantasmas que de tanto gritar uno no tiene más remedio que expulsarlos, darles una existencia autónoma. Así son sus versos: libres, independientes, cocidos a fuego lento en la cazuela de barro del corazón.

Nunca me han regalado flores responde al tópico extendido de que uno solo escribe cuando la tristeza nos acompaña, cuando el dolor es capaz de dar vida a todo un poemario y la felicidad se resume a un solo verso.

El libro arranca con la lucha diaria de un corazón herido por la vida y por el amor, por mantenerse de pie en un paraíso donde todos doblan la rodilla sobre la lona tarde o temprano. El sufrimiento no es suficiente obstáculo para que uno abandone el rumbo, aunque a veces se enrede entre las telarañas antiguas de la nostalgia.

El amor aparece como una batalla en la que todos pierden y todos ganan, donde suena a lo lejos la temida música de un estribillo que nos recuerda la conciencia del tiempo.

Guadalupe Ortega García pretende huir de esa esclava llamada razón para cruzar el puente de la locura en brazos, el rompecabezas de una pasión desatada que remueva las entrañas, de un fuego desbocado que busca desesperadamente el calor de una boca. No muestra reparos a la hora de arrostrar los hechos con las acciones y deja que la vida la lleve por sus laberintos de vergüenzas, pero jamás se escuda buscando atajos imposibles, sino que prefiere dar la cara. Se siente diferente, a pesar de que tenga que pagar un tributo por ello para habitar el mundo inventado que los adultos han creado con el fin de que nada los coja por sorpresa. En ese mundo inventado habita la hipocresía y en el mundo de la escritora conviven con fuerza el germen inquieto de los deseos y el afán por apoderarse de ellos.

En fin, no sé si a Guadalupe Ortega García le han regalado flores alguna vez, tal vez en muchas ocasiones, pero es cierto, y esto no hay quien lo dude, que ella viene dispuesta a entregarnos una envuelta en papel. Con esa flor y con sus poemas le cedo la palabra.