PARRA RAMOS, JOSEFA. TRATADO DE CICATRICES

PARRA RAMOS, JOSEFA. TRATADO DE CICATRICES

En Tratado de cicatrices se vislumbran tres capítulos: Capítulo primero… la de la vida, Capítulo segundo… la del amor, Capítulo tercero… la de la muerte.

En la vida el presente va dejando su estela de pasado a cada impulso que da: Tienen algunos cuerpos la cualidad del agua, donde el agua es el símbolo del transcurrir de la existencia. El paso del tiempo se deja contemplar desde la distancia con el dolor dormido de su conciencia. Las cicatrices son arrugas que dejan huella en la piel del tiempo como quien camina sin descanso hacia delante: Las palabras pasadas se posan en los muros / como si fuesen vivas palomas. La primavera se nutre de nuevos matices cuando se aborda a través del mar, donde el recuerdo es un murmullo tan breve como el abrir y cerrar de ojos, donde cada edad tiene sus propias ventajas que debemos aprovechar antes de que se nos escape de las manos. La muerte acudirá en nuestro auxilio cuando la nostalgia agonice, cuando la distancia nos haga soportable el recuerdo. La ceniza estará apagada, pero aun tiene fuerzas para remover las conciencias, el pasado y las almas, donde el presente y el futuro se confunden y uno no sabe si vive el hoy o camina bajo la niebla del mañana, donde la adolescencia era el cauce propicio para verter el sinsentido de las paradojas.

Josefa Parra Ramos confiesa que no se vuelve al pasado: Uno puede volver la mirada hacia atrás imaginando la ilusión de que se tropieza de bruces contra el pasado, a pesar de que los años idos nunca retornan salvo como falsas copias impuestas por el recuerdo.

En el segundo capítulo, el del amor, no hay cabida para el olvido, sino para la pasión, donde el amor y el deseo son dos caras de una misma realidad o la realidad de la vida con dos cruces, donde la carne es el fuego que nos muestra el camino de nuestros pasos, donde la entrega es la derrota menos dolorosa del vencido.: Dame una seña / de amor que haga sufrible mi derrota. Donde el amor se contempla a sí mismo como Narciso capaz de mirarse en el espejo de otros ojos. Josefa Parra aspira a que el grito suene a blanda voz y la fuerza no fuese más que una caricia. Sin embargo, el tiempo se impone ante nosotros y el otoño describe la despedida de los amantes con una ráfaga de palabras deshecha en las hojas de un labio. Uno de sus versos canta de esta forma: Si el amor me ha perdido. Se pierde entre las garras del amor. Encontradme en la orilla de tu lecho.

En el tercer capítulo, el de la muerte, la tierra cae rendida de amor ante el fuego de un cuerpo muerto. Después de la gloria la vida nos espera con las manos abiertas, donde las despedidas no son tan hostiles como el hueco que se enreda en nuestra memoria. Los amores no se escriben, sino que se viven, pero, cuando mueren, no hay quien los recuerde. Si pudiese, al menos, / recordar dónde comenzó la ruina. Sin embargo, el ser humano es capaz de levantarse de debajo de los escombros y rendir pleitesía a la esperanza. La vida habrá de darme mi parte del asombro.