PÉREZ BAZO, JAVIER. REVERSOS

PÉREZ BAZO, JAVIER. REVERSOS

Para algunas personas recrear su propia vida en los versos es una manera eficaz de inventarse día a día, de volver al mundo con las ideas mucho más claras, pues en esta aventura el hombre es capaz de conocerse a fondo y desnudar su alma ante los demás. Reversos consiste en volver al niño que uno fue, en regresar a las cavernas de la lírica con el antídoto del amor, en escribirse uno a sí mismo cuando observa el exterior. Javier Pérez Bazo se apropia de la función de la esponja captando todo aquello que no le deje indiferente y se adentra en una poesía que esboza el mundo perceptible de los sentidos donde el tacto es el punto más directo para alcanzar el placer, donde la vista juega con nosotros al despiste, donde el olfato siempre huele a quemado, a pasión deshecha entre las cenizas del tiempo, donde el oído se hace el sordo para escuchar de lleno los acordes del viento y de los cuerpos, el latido imperceptible de la vida, donde el gusto da gusto verlo desfilar por este escenario. Una sinfonía de percepciones que provoca la necesidad de amar donde el fuego corre el riesgo de perderse en el camino, de fundirse en ceniza a modo de pregunta: ¿Qué queda tras el sueño / sino la cicatriz de la memoria?

Esta cascada de emociones, de movimientos, nos conduce hacia los principios de su estética, hacia una poesía pura, desnuda donde la falta de adornos constituye el esqueleto capital de su lírica. A veces para mirar el bosque es necesario eliminar algunas ramas. El poeta usa la técnica de la poda para abrir su alma a la sencillez de las palabras, a una vida llena de mortajas, muda como el diálogo: Vida es el desbroce, / la sencillez. Ahogo es la espesura.

Javier Pérez Bazo habla consigo mismo, con sus textos y con los lectores para crear la atmósfera soñada. Necesita los sueños como sustancia muda que alimenta la boca sonora de su alma e incorpora el método sano de la reflexión. El misticismo del poeta coge la senda de una calle que transita sus silencios, que murmura el viento amable de los sueños que no le corresponden. Inventa un mundo onírico que vive como incógnita vital dispuesta a poblar la noche con sus sombras, donde la soledad de la piedra grita a los cuatro vientos. Permanece inmóvil ante la lluvia, pues siente la necesidad de mojarse, de implicarse de lleno en todo lo que le compete. La poesía no es más que la visión en los ojos y con los sentidos que el poeta pinta con palabras en el papel. El poeta es un observador que filtra la realidad a través de la mirada: Estaba madurando una mirada.

Los fuegos artificiales de la luz le invitan a ver y le dejan ciego en esa soledad en la que el hombre se enfrenta a la vida con lo puesto, con el atuendo simple del amor a pecho descubierto. El poeta hace recuento de su memoria perdida desde el otoño nítido de los años donde los sueños y los engaños se diluyen como un azucarillo náufrago en una taza de café. Nos queda al menos la amargura de su sabor. Uno no debe nunca olvidar sus primeras huellas, la marca que el tiempo ha pintado en nuestra piel, aunque la realidad es bien distinta. No caminamos por la vida, sino que danzamos al ritmo que nos impone el destino, levantando estatuas al olvido.

El amor se construye en torno a la antítesis y a la paradoja en un mundo de dicotomías aceptadas por la tradición. El misterio de la sencillez es algo más que la sencillez del misterio, donde late el corazón en rama de Claudio Rodríguez, donde aparecen como homenajeados otros escritores como Luis Cernuda o Pessoa… El vértigo del amor corre el riesgo de derramarse exánime bajo la ternura falsa de los versos, recorre las vértebras enamoradas de un alma solitaria cuyos sueños vuelan como palabras a través del viento. El agua aparece como elemento purificador y no como presagio de mal tiempo.

La vida son molinos que a veces se convierten en gigantes, la vida son gigantes que mueven las aguas del molino. El cuerpo es una limosna que la llama enreda entre las sábanas, balancea impunemente y moja sin apagar el fuego. Tras la hoguera de las vanidades se eleva el poeta que se desdobla en un yo femenino que le resta subjetividad al poema para alcanzar la objetividad de la verdad: un diálogo del poeta consigo mismo. Conjuga su propio yo hasta sumergirlo bajo el puente plural del nosotros. En este contexto la historia de España desfila con sabor a tragedia, olor a muerte, al mismo tiempo que la vida se compone de ondas que nunca se repiten, dejándonos con la espuma solitaria y silenciosa de la nostalgia: una mirada de cangrejo que debe clavar sus ojos en el futuro. Quien no ama tampoco ha vivido nunca, pues el hombre deja cicatrices a su paso como señal de haber vivido. El otoño bate sus alas removiendo las hojas de la primavera y las injusticias saltan a flor de piel en esos mendigos que se entregan a la vida con lo puesto, donde el hombre no pierde su orgullo cuando se defiende del hambre: exponen un surtido de pañuelos / para secar las lágrimas al hambre.

El odio aprende a vivir entre bastidores, como antídoto eficaz contra el olvido. Cada uno tiene su momento y el profesor deja de serlo cuando el aprendiz madura. Uno aprende: que los espejos son herida abierta / y el silencio un eco miserable.

En fin, Javier Pérez Bazo bucea entre las fuentes de los clásicos y entre el colchón musical de los romances tradicionales donde el frío de la espada lucha contra el calor de los cuerpos que yacen juntos al asomarse el alba. Amanecen los versos como un sorbo de agua fresca. Bebamos en las fuentes de la memoria. Miremos fijamente la parte interior de nosotros y, cuando el amor se escuche todavía / en los acantilados, escuchemos la cruz de la vida en la cara amable de la melancolía.