PÉREZ-BUSTAMANTE, ANA SOFÍA. MERCURIALES

PÉREZ-BUSTAMANTE, ANA SOFÍA. MERCURIALES

La imagen que siempre he tenido de Ana Sofía Pérez-Bustamante Mourier viene marcada por el amor, por el amor desinteresado que esta mujer ha sentido desde que la conozco por la literatura desde una óptica cosmopolita. Esta cosmovisión tiene su razón de ser en la lectura de autores universales sin tener en cuenta la nacionalidad de éstos, su nacimiento en París allá por el año 1962 y su visión nórdica de una infancia sepultada entre unos gustos literarios próximos a los cuentos de hadas y a la mitología. Deambula por esta vida en busca de esos sueños que se le escapan a la noche porque es partidaria de indagar en las esencias de la existencia para toparse de bruces o de cara con la verdad. Nos abre las puertas, nos abre los ojos a la lectura de Álvaro Cunqueiro sobre quien hizo su tesis doctoral, puesto que ante todo nos vamos a divertir muchísimo y se nos quedarán frases que son versos en la cabeza, como éste de Poliades en el que un personaje le pregunta a otro: ¿Qué es lo que es mentira? y le contesta el otro: Quizá todo lo que no se sueña, príncipe. Los sueños de Ana Sofía Pérez-Bustamante corren hacia el mundo doble de la escritura y la realidad. Ha dedicado gran parte de su vida al análisis de escritores anclados en parte en el olvido de la memoria y en la memoria del pasado. Ha recuperado para el presente a personalidades como José Luis Tejada, José María Pemán, Luis Berenguer, Fernando Quiñones y un amplio etcétera, pues piensa que: el mayor castigo para un escritor nunca es la crítica adversa, sino el silencio. Ha derramado su fe por los mitos en cuanto se ha zambullido en las aguas de la historia para rastrear las huellas palpables del don Juan. Sin embargo, su proyecto más ambicioso descansa sobre el lomo blanco de unos versos, sobre la imaginación desnuda en los pliegues del papel, sobre un universo inventado entre los sueños de un poema. El paisaje onírico de la realidad siempre permanece despierto y no duerme cuando Ana Sofía Pérez-Bustamante recibe el accésit al premio Esquío de poesía con Mercuriales, un título que se apoya en la espalda de un ser imaginario tan leve como la aureola de espuma del dios Mercurio y una sustancia tan pesada como un metal. Muestra la cara y la cruz de una misma moneda, las mil caras de un mundo que se niega a una sola interpretación, sino que fluye en el papel como un arcoiris de palabras. O lo que es lo mismo, el peso tan pesado de una vida nada tiene que ver con la levedad del ser. Así lo define la autora: …homínida terrestre insatisfecha / de la antinomia entre su ser tan leve / y su vida de plomo.

Mercuriales presenta una estructura pentagonal custodiada por una breve historia del término Mercurio y un poema que sirve a modo de declaración de intenciones por parte de la autora. La escritura es el mejor antídoto contra la soledad que nunca llega. Quien escribe nunca se siente solo, ya que aspira a una falsa soledad con tintes líricos: Lo malo de estar solos, es que nunca lo estamos.

Teorías del fondo del espejo se sumerge de lleno en un escenario repleto de mitos sobre el cual deambulan la cabellera de Berenice entregada como dádiva u ofrenda a Afrodita por hacer que su marido llegase sano y salvo a sus brazos, el secuestro de Perséfone y el odio de su madre Deméter que arrasa los campos por rencor y convierte la naturaleza en desierto, la mirada de piedra de la Medusa, los hilos de amor de Ariadna y el destino trágico de Laocoonte. La mitología se asienta en la conciencia presente del poema con el afán de alzar a la categoría de verso el pan cotidiano: Dependo de las cosas de mi ignota / guarida: mi café, mi tabaco, mis trayectos / rituales, esas gentes amables que dicen / “Buenos días”. Al entrar en el despacho de esta profesora de La Facultad de Filosofía y Letras de La Universidad de Cádiz, lo primero que se aprecia es que es fumadora y un pelín despistada o desordenada. A veces en el desorden muchos encuentran su orden.

En las altas superficies se invoca a los dioses para inmortalizar la poesía. La autora se ampara en el amor divino de los mitos con el fin de que los hados estén de su lado y su destino corra mejor suerte, sea más soportable y más llevadero. No solicita una felicidad eterna, sino simplemente el apoyo suficiente para poder llevar a cuestas el peso leve de una vida. Tan sólo se escuda en la divinidad para pedir: un báculo diario que soporte / el peso de su azar y su destino.

Parábolas de los trabajos y los días hace referencia a Hesíodo, a un poema que desciende al mundo de los hombres que tratan de sacarle el mayor jugo a la tierra, un canto al esfuerzo diario como única meta de superación. Sale a relucir su condición de docente: A mis alumnos sólo pediría / que al menos consideren / lo que vale el trabajo. Y se deja llevar por la brújula desnortada de los sentimientos que no yacen indefensos en las fauces del olvido cuando resucitan en los folios en blanco. La vida se hace literatura y la literatura se nutre de una vida hecha de detalles personales: Y es bueno / que elija el corazón su cuento, pero el cuento / se inventa, palabra tras palabra. Como siempre el miedo a lo desconocido se escuda en un futuro incierto incapaz de descifrar el misterio de la palabra y dispuesto a morir en el verso: No me cuentes nada, pero déjame entrar. / Está la noche oscura. No consigo / saber qué viene ahora, y tengo miedo.

Teorías del reposo se concentra en la frontera de una madurez agotada en el vertiginoso discurrir del tiempo, una madurez vertida en el poema como: ángeles que mojan sus patitas negras / en los papeles blancos. El tiempo, como pez juguetón, se escurre tan deprisa de las manos que nunca nos deja tiempo a detenernos. Ana Sofía Pérez-Bustamante es una mujer que se ha dejado llevar por una memoria tan cargada de ideas que necesita morir en el lecho despierto de un libro, se contempla en el espejo pesado de un mercurio que como dios levita en el escenario ficticio de una imaginación desbordante de esfuerzo. Lleva: toda una vida acelerando / para frenar en seco. Por fin se detiene esta tarde para paladear el aroma borracho de la palabra, para conocerse a sí misma, mientras se da a conocer ante nosotros, para contar al público el secreto de sus sueños. Ana Sofía Pérez Bustamante Mourier es de ese tipo de personas que no se lanza a la aventura del verso sin haber meditado antes. Lleva tanto tiempo pensando que despiensa escribiendo.