SALAZAR, ALFONSO. AMORES SIN OBJETO

SALAZAR, ALFONSO. AMORES SIN OBJETO

Jaime Gil de Biedma es un poeta poco reconocido para los méritos que obtuvo con sus versos. Tal vez el hecho de no ser tan prolífico como algunos de sus compañeros le perjudicó sobremanera. Sin embargo, pienso que en este punto es donde radica uno de sus mayores méritos. El poeta pertenecía a la clase acomodada barcelonesa, de modo que dedicó el tiempo necesario para que sus ideas madurasen en el papel sin el apremio de las editoriales, sin el agobio del dinero por bandera. No tuvo que venderse a nadie ni por nada y en su trayectoria literaria creó una antología propia. Jaime Gil de Biedma tenía una manera muy peculiar de concebir la literatura: los escritores eran reconocidos no por todos sus libros, sino por una breve selección de sus escritos y nuestro catalán ilustre le ahorró molestias al tiempo dando forma a aquellos poemas por los que deseaba ser reconocido. Alfonso Salazar sigue la estela del maestro en Amores sin objeto arropado bajo el arrullo de la pasión, cubierto con las hojas otoñales del tiempo y desnudo ante la mirada cómplice de la nostalgia. Busca el placer por el placer y arranca entre los números de la música, pues la química del amor se hace matemática cuando uno decide despejar la incógnita de sus desvaríos y quedarse a solas con la respuesta. La ausencia y la distancia nos conducen al número exacto del infinito, infinita espera de amor. En el mar se produce la entrega. En el árbol se sucede el otoño. En el invierno se precipitan las sonrisas arropadas por la lluvia. En todo este entramado de experiencias la fortuna desempeña un papel destacado como si lanzara los dados sobre el tapete del destino y uno fuera feliz allí donde no se encuentra.

Alfonso Salazar define la poesía como un estado de diálogo entre el autor y sus lectores, entre el autor y sus lecturas y entre el autor y su experiencia. Este ejercicio requiere un doble juego: por un lado, el poeta se sumerge en su propio mundo interior para exteriorizar sus fantasmas y preocupaciones, y de otro, sale a la intemperie a aprehender el mundo por los cuernos, a aprender de su vida en sociedad. El autor de Amores sin objeto acoge con los brazos abiertos el rebelde festín de las vanguardias y la música aliterada del modernismo. En sus versos conviven los modos clásicos con guiños actuales de las letras, la tradición con los usos subversivos. Esboza la doble moral de la literatura que nos mira con ojos de gacela. Nos miramos y nos miran. Salimos a la calle y nos recogemos al calor del hogar: También las voces / son espejo, cristal / donde mirar dentro.

En la lírica de Alfonso Salazar el silencio es tan dialogante como las palabras. El tiempo nos preocupa tanto como la vida, pues la vida se hace con las hojas de un calendario. El olvido tiene más sustancia que el recuerdo y el amor es una hoguera que lo incendia todo hasta tal punto que huye de todo atisbo de lógica. Como botón de muestras baste citar un verso del poeta: “El médico de la razón / no me habla.” Recorre los callejones de ese paraíso redondo que es la infancia donde la memoria cultiva un Ubi sunt maquillado por la nostalgia, donde uno mismo no se reconoce en la ciudad del pasado, donde los vagones del olvido reman entre la tormenta del fuego, donde la mística de los siglos de oro renueva sus postulados para encarnarse en otro, pues el poeta anhela vivir en otra y que esa otra lo habite, llámese poesía o amante. Los signos de interrogación son incapaces de retener o encerrar las horas y se nos escapan de las manos preguntas tan significativas como: Dónde los paseos en el parque? / Dónde la mínima esperanza / de seguir? Y mis canas perdidas?

Alfonso Salazar, como orfebre expuesto a las caricias de las manos, empieza a dar forma a las palabras. Es el barro la sustancia que se incrusta entre el molde de los versos. El conceptismo se entretiene en la arena a jugar con los vocablos, a retorcer el cuello erguido de la sintaxis y el lenguaje no tiene más remedio que agradecérselo y los lectores se sorprenden de sus metáforas insólitas. No nos olvidemos que Sol y edades en compañía son soledades en solitario. Llega a decirnos que es necesario aprender cómo vivir sin ti, a lo que habría que añadir, vivir en ti y vivir conmigo: vivirnos al fin y al cabo.