TÉLLEZ RUBIO, JUAN JOSÉ

TÉLLEZ RUBIO, JUAN JOSÉ

Juan José Téllez nace en Algeciras en 1958 y su vida se ha ido desarrollando entre Cádiz y la ciudad de su cuna. Si tuviésemos que descorchar el licor que destila Téllez tanto en la vida, como en la literatura, podríamos definirlo con la comprometida etiqueta de Todoterreno, porque Téllez es un todoterreno de las letras y de la vida, puesto que ha sabido aunar sus ideas con la literatura creando a veces una literatura comprometida con la realidad. A pesar de las múltiples facetas que abarca: periodismo, poesía, relato, ensayo, las causas perdidas de la vida…. no corre el riesgo de perderse en la confusión de géneros, ni en el caos de la existencia porque tenía muy claro desde pequeño, desde que el uso de razón le asistió, desde que tenía 13 o 14 años que su futuro estaba en la literatura. Téllez quería ser escritor. Sus primeras preguntas existenciales versaban sobre el romanticismo práctico de un futuro que ya apuntaba hacia un destino definido. ¿Cómo compaginarlo con el vértigo de unos tiempos que amenazaban con llevarse por delante todo lo que se encontraran por el camino? La inocencia le supuso que el periodismo podría ser el medio más eficaz para arrostrar el sueño de la palabra. Apostaría por la romántica tarea de ser escritor, apoyada por la práctica labor del periodismo. La inocencia le hizo concebir la engañosa apariencia de que el periodismo le daría, por un lado, las alas suficientes para el Pane Lucrando, en cristiano ganarse el pan, y de otro, la pluma necesaria para mecerse en el columpio misterioso de la lírica.

Fue protagonista de dos Españas opuestas: la España de la Dictadura y la España de la Democracia, que le ofrecieron la posibilidad de convivir y dar la cara por la cara y la cruz de una misma moneda. No escurrió el bulto en actividades un tanto prosaicas que contribuyeron a alimentar el germen rebelde de un poeta en ciernes, que lo familiarizaron con el mundo despiadado de la calle. En estas circunstancias se topó de bruces con la maestra de la vida que le enseñó a sobrevivir en un mundo de buitres. Téllez nos dice: La primera corriente ideológica que recuerdo fue la de defender el bocadillo de la merienda del Instituto en el turno de tarde del Columela. Era una cosa muy seria defenderse a piñas para intentar mantener la mortadela en su sitio y que no te la mangaran otros con más musculatura anatómica que tú. Yo creo que esta experiencia fue una buena escuela formativa a la hora de ser peleón y de rebelarse ante lo inmediato.

Sus primeros escarceos con la poesía se abren de par en par en las páginas de algunas revistas que comienzan a retratar el pulso sentimental de un hombre entregado a las causas perdidas, una esperanza perdida en los vericuetos de unos versos cuyos protagonistas no sólo tienen que ver con su autor, sino también con los lectores y, en general, con el género humano. Su primera canción —como le gusta llamar a sus poemarios consciente e inconscientemente— recibe el nombre de Crónicas urbanas (1979) y se erige como un monumento a la ciudad, al compromiso que el hombre debe dispensarle al lugar en el que vive, a un micrófono desnudo que adopta el lenguaje de la calle para llegar a sus ciudadanos, a una pluma musical dispuesta a cantar lo silenciado llenando el buche moderno con el néctar de las nuevas corrientes. Tras su primer libro, aparece Medina y otras memorias (1981) en el que se aborda todavía el mundo urbano y la ciudad acoge su término árabe, Medina. Se siente identificado con la tierra que lo vio nacer y trata de sembrar el trigo de su historia. Según Domingo Faílde: “Ahora, la memoria colectiva se hace memoria histórica “. El escaparate de Al-Andalus queda reflejado en su poesía. La trilogía urbana concluye en Ciudad sumergida (1985). En este poemario el amor aparece como la esencia de la antítesis, como esa marioneta que juega a deshojar la margarita en un contexto en el que el hombre desea que el amor caiga por su propio peso, pero también anhela el afán de vencerlo con sus propias armas. El amor se identifica con el mar. La mujer es un mar con toda su inmensidad y el hombre es un náufrago que camina a la deriva, en busca de esos recuerdos recogidos entre las olas de la vida. Se esboza la idea antigua del pasado como un escondite donde uno puede refugiarse y como un sol que lastima a quien lo mira desde lejos, desde la distancia (… ¿o tal vez el pasado / lastima tanto / que uno quisiera, a veces, / cambiarle los detalles, / equivocar la fecha / o restarle importancia?). Téllez se tumba sobre los brazos de esa edad feliz que es la infancia, como un escudo sentimental que nos protege de esa amenaza constante que es el tiempo y esa rutina pasada que es la melancolía.

Bambú (1988) se aleja de la otra sentimentalidad y del orbe urbano para pagar una deuda con la literatura modernista. Afloran las palabras esdrújulas, la musicalidad de los poemas, los cultismos a flor de piel y la personalidad de un Téllez que pretende reencontrarse consigo mismo en ese viaje interior que supone la poesía. Un año más tarde sale a flote Daiquiri (1989) en el que los versos se buscan a sí mismos y desfila por el trapecio de la duda la savia nueva de las películas cinematográficas, del jazz, del rock, de los tebeos y de un sinfín de reclamos que conforman el estilo peculiar del autor. Finalmente, se impone Trasatlántico (1997) como imagen de un hombre que navega en el barco de la existencia buscando el apetecible néctar del Carpe Diem. Pasa revista a toda una vida cuando el peso de la memoria recae sobre todo en el tempus fugit, en una juventud perdida y reclamada desde entonces, en un mundo que trata de alcanzar su propio sentido y en un hombre que parece enfrentarse a la muerte con el antídoto de la lírica. El fin de la tierra es simplemente un símbolo de esa muerte superada por los versos.

Téllez es un todoterreno que se adentra no sólo en el mundo del periodismo y la poesía, sino también en la literatura del ensayo y en la ficción de la prosa. El relato corto se erige en el camino necesario y apropiado para encauzar la imaginación del autor. Lo avalan las historias recogidas en Señora melancolía (1988), Amor negro (1990), Territorio estrecho (1991) y El loro pálido (1998). Propende a romper las estructuras del relato tradicional para levantar un entramado narrativo que contenga los mismos ingredientes que una novela. No desea componer un relato contenido que empieza y termina en sí mismo, sino que lucha por emborracharnos de matices que atosiguen al lector para que éste adopte un papel activo en la lectura. La picaresca y el género negro se encuentran presentes en su narrativa, de tal modo que sus personajes aparecen atrapados en su yo y en una vida miserable impregnada de cierta dosis de ternura para que el lector se identifique con estos individuos. La ficción recrea un realismo crudo extraído de las entrañas de la calle que transforma a los analfabetos en sabios de la supervivencia. Sobrevivir es el lema de estos protagonistas. No difiere mucho de la realidad del momento. A Téllez no le interesa desvelar crímenes, ni hacer justicia en sus relatos. Prefiere que los asesinos se salgan con la suya. No cree en la falsa moral de los finales felices, porque piensa que la vida no se asemeja a las despedidas románticas de algunas películas. El beso en la boca de los protagonistas se desvanecería en la espuma de minutos más tarde. Detrás de las cámaras comenzaría la realidad y no resulta agradable contemplar cómo se tiran los trastos a la cabeza.

A nuestro autor también le interesa reivindicar a cierto tipo de personajes históricos que políticamente detesta. Aquellos que enarbolan la bandera del fascismo con un acento antitotalitario aferrados a la dictadura del proletariado o a la dictadura del dinero. En sus relatos se dan cita, a veces, fachas a los que se les coge cariño. Personajes muy alejados de la ideología del autor cuya creación supone un alarde de comprensión y de ingenio que trae consigo un numeroso grupo de protagonistas agarrados a la sensación continua de la huida. Huyen hacia atrás y hacia adelante en busca de un lugar o una canción que les alargue la existencia, que les anuncie la esperanza de que no son animales en vías de extinción. Saltan a la palestra verdades de cajón. Así leemos en uno de sus libros: “Sólo llevamos plenamente razón una vez en la vida. Cuando intentamos ponerla a salvo. Los hombres somos capaces de mudar de buen criterio en dos minutos y de mantener, por contra, cualquier petulancia, de por vida “. Este cuento de nunca acabar de la desaparición de la especie y de las tradiciones que promulgan ideas de sentido común cobra especial valor en la prosa de Téllez que no sólo aborda este tipo de personajes por lo que tienen de rebeldes, sino que este hecho se hace extensible al lenguaje envuelto en la marginalidad y la miseria propia de los individuos que la emplean. Procura recuperar los arcaísmos, el lenguaje de los barrios bajos. El idioma gitano de los arrabales… para elevarlos a la categoría de arte, de una literatura capaz de idealizar estas expresiones. Muchos de sus personajes hacen suya la frase de Scott Fitzgerald que dice: “Hablo con la dignidad que me concede el fracaso”.

Téllez es un ecologista que cree en la conservación del Medio Ambiente, cree en la conversación de palabras en vías de extinción y cree en la captura de formas de ser que no se corresponde con el curso de estos tiempos. Cree que el hombre es más digno creyendo en algo, que sin creer en nada o nada más que en el dinero. Cree concienzudamente en la vida, pero no cree en Dios. Para afirmar esta opinión debemos rescatar una conversación que el propio Téllez entabló con un delegado del Opus: ¿Usted es católico? Yo soy católico porque me bautizaron, pero no me siento identificado con el catolicismo. Pero, ¿será cristiano? Hombre, Cristo es un personaje histórico interesante. Es un personaje histórico que me resulta atractivo. Y ya desesperadamente la última pregunta fue: ¿Usted creerá en Dios? Para creer en Dios, debería ser un Dios absoluto, y si es absoluto no cabe en mi reducido cerebro, en mi reducida alma de ser humano, porque es concreta, y lo absoluto y lo concreto son incompatibles, y si no es absoluto, pues no merece la pena creer en Dios.

Conocí al Téllez persona cuando asistí a la presentación de un libro suyo titulado El loro pálido y comenzó su charla de la siguiente manera. En primer lugar tengo que lamentar doblemente la muerte de una persona. La muerte de Manuel Irigoyen era reciente. Y digo doblemente porque murió una persona que apreciaba como amigo y en segundo lugar porque un escritor como yo no puede permanecer impasible cuando fallece uno de sus escasos lectores, no puede permitirse el lujo de perderlos. Con esta introducción confío en que algunos de los aquí presentes posen sus ojos sobre las páginas de alguno de sus libros.