TORRALBA, AGUSTÍN. TRISTE LITERATURA Y UNA CANCIÓN PARA EL REY

TORRALBA, AGUSTÍN. TRISTE LITERATURA Y UNA CANCIÓN PARA EL REY

Cuando la vida nos sonríe y nos enseña sus amables dientes, no tenemos más preocupaciones que vivir de manera intensa aquello que nos está ocurriendo. Nos dejamos llevar por la corriente simpática de una sonrisa, pero apenas tenemos tiempo para inmortalizar esa anécdota en el papel. Son momentos que no se piensan, sino que más bien se sienten. Pasado ese instante de euforia, de felicidad desmedida, pero efímera y fugaz, nos tropezamos de bruces con la realidad, pues nada es eterno y esos raptos de emoción y de fuego se reducen a cenizas, adoptan el atuendo falso de la nostalgia. En literatura se ha dicho siempre que las alegrías encajan mal en la lírica, dan para un solo poema, mientras que las tristezas sirven para escribir un libro completo. El verano está hecho para disfrutar del sol y de la playa, mientras que los inviernos se convierten en caldos de cultivo para la palabra. Triste literatura y una canción para el rey se ha cocido en los cuarteles de invierno bajo la llama lenta y atenta de una chimenea, de unos sentimientos poblados de fantasmas —todo aquello que se nos ha escapado de las manos vuelve a las letras en forma de melancolía— y de paisajes de color gris recreando el mundo cromático propio de la muerte, de los fracasos, del desamor, de los vencidos y de los arrepentimientos. Estos poemas han sido moldeados por el barro soñador de la infancia con olor a huerto y a nieve, a suave brisa de mar, a revoloteo alegre de alas en el mapa azul del cielo. Han recorrido las carreteras solitarias de los recuerdos en un coche que lleva puesta la nostalgia de la marcha atrás. Han conocido en las barras espumosas de los bares el brindis de los amigos, la niebla espesa de los cigarros y el humo confuso de las noches perdidas en la memoria. Han buscado el abrigo de las sábanas en el hogar familiar donde los padres y los hermanos se hacen presentes de por vida y el presente lleva a cuestas el plomo de las desgracias, el peso infernal del tiempo. Agustín Torralba nos muestra un cuerpo poético lleno de cicatrices que buscan el único refugio posible: los sueños, los libros y el amor, mientras que la muerte nos pisa los talones y a nuestro acecho le hace cosquillas a las sombras, se pliega a ellas y no se separa de nosotros. La indiferencia es la cruz de una moneda llamada pasión y los domingos sólo sirven de antesala al lunes, como escenario insípido que nos trae el sabor de las derrotas donde el matrimonio es la cárcel oficial de los amantes con barrotes de rutina y de perdones. Ya sólo nos queda barrer nuestros escombros para edificar sobre ellos el presente de nuestras vidas donde el pasado es un monumento de ruinas anclado en el recinto inmortal de nuestro cerebro y los sueños se convierten en una esperanza que tarda en cuajar ante nuestros ojos. En esa espera desesperada se oculta el fracaso, al tiempo que la depresión anida en la soledad de los vacíos, en los vacíos de la soledad. Triste literatura y una canción para el rey deambula entre el polvo de los vencidos y la crueldad del arrepentimiento. Saciamos nuestra sed en las fuentes de la monotonía donde la vida es una obra de teatro que nos ha tocado interpretar hasta que conseguimos domar nuestros miedos y salimos a la intemperie con lo puesto, con el espíritu rebelde de encontrarnos a nosotros mismos: Y sentir que en este drama, la verdadera función empieza cuando se baja el telón, porque es ahí donde ya nadie te aplaude.

Agustín Torralba requiere el son de la música para contarnos algo, para poner de manifiesto las injusticias de la libertad o, mejor dicho, la libertad de las injusticias en un mundo en el que las notas del corazón hacen enternecer a la piedra. Agita el pañuelo de la despedida en señal de dolor, de complicidad por el hombre y por la humanidad que se pierde entre catástrofes en el anonimato: Sólo, sólo el espejo / notará mi falta.

Triste literatura y una canción para el rey se apiada de aquellos que no tienen más remedio que bailar con la más fea, con la banda sonora de la desgracia, de la pobreza, de un tirar hacia adelante con lo que el mundo nos ofrece. El reino de los humildes jamás debe caer en los laberintos del olvido, pues la lucha diaria está llena de héroes, de episodios que engordan las tripas de la memoria. Quizá la decepción radique en la hipocresía, en el deambular por la existencia sin hacer lo mínimo para sentirnos a gusto. Lo más duro de la vida no lo constituye la muerte, sino la sensación de que el tiempo nos ha ganado la partida, la idea de que hemos apagado la vela de nuestros sueños antes de que pudiéramos fumarnos los segundos. Agustín Torralba ha consumido minuto a minuto su existencia, ha escrito latido a latido estos versos con la esperanza de que, como cualquier libro dormido en los anaqueles de una biblioteca, se desperecen sus páginas entre las manos de cualquier lector y los duendes encerrados entre sus palabras griten a los cuatro vientos las verdades del barquero, abran el paraíso de su corazón como lo va a hacer ahora ante el fervor de este público. A mí sólo me falta terminar con unas palabras de aliento. La esperanza se desespera, pero espera, mientras exista un oído dispuesto a escuchar este lamento.