Una vez al año

Una vez al año

Entre el amor y el odio existe una frontera tan estrecha que de vez en cuando pisamos ambas orillas casi sin darnos cuenta, bajo los mismos síntomas. Este dicho no sólo se hace efectivo en la faceta sentimental, sino que abraza todos los aspectos del ser humano. Según cómo ruede la noria de la vida, así nos sentiremos nosotros: héroes o víctimas. Con estas perspectivas afronta mucha gente los momentos de ocio. Con estas esperanzas los jóvenes se vuelcan en la feria de su pueblo. Con la esperanza de rendirle tributo a la diversión, con la premisa de pasarlo bien. La realidad reparte sonrisas y lágrimas con el premio añadido de que es el pueblo quien sale a la calle, quien se muestra más receptivo al trato con los demás, quien adopta la bandera de la hospitalidad con los que deciden compartir nuestra alegría. Los días de Santiago y Santa Ana vienen marcados con rojo en el calendario de los benalupenses, pues sirven como punto de arranque a una feria que cada año se consolida en el ámbito de la comarca de La Janda siguiendo el tópico de lo bueno si breve dos veces bueno.

Podría dejar el mal sabor de boca del hierro o las excelentes vibraciones del imán. Nietzsche, sin necesidad de referirse a las fiestas, parece acertar en el clavo cuando se manifiesta en los siguientes términos: Así decía el hierro al imán: te odio porque me atraes sin que poseas fuerza suficiente para unirme a ti. Y de ese modo debería seguir siendo. Una tradición que no nos agote demasiado, de tal manera que la recibamos anualmente con los brazos abiertos, con las fuerzas intactas para hincarle el diente de nuevo, con las miradas puestas en el futuro inmediato. El cansancio sólo trae consigo hartazgo, mientras que el gusanillo de quedarte con más ganas te abre el apetito para otra ocasión. Sócrates sabría decirlo con mejores palabras: Estar en ocio muy prolongado, no es reposo, sino pereza.

En líneas generales desfilan por el recinto ferial los habitantes de un pueblo, desde los más pequeños hasta los adultos. Un mapa completo de la geografía humana que se puede contemplar a vista de ojo.

La estampa de unos padres cansados de recorrer atracción tras atracción en busca de contentar al niño que siempre pide más, queda compensada con el entusiasmo con el que se refugian bajo los brazos de almohada de Morfeo. La sonrisa del hijo deja todo en segundo plano.

Los jóvenes depositan toda esperanza en los cochechoques mostrando el amor de una forma un tanto extraña, golpeando el vehículo que acoge a la chica que ama o de forma más práctica con la que le gustaría perderse en el bosque de los besos y de las caricias. La complicidad del juego siempre descifra mensajes que no se expresan por medio de la palabra.

Las rubias de a litro coquetean con los aprendices a adultos y los adultos seducen el alcohol entre conversaciones banales que en muchos casos abren el cofre risueño del reencuentro.

Las casetas cuentan con su propio público, con esas personas que buscan una tranquilidad mayor a la proporcionada en el botellón. También los mayores enfilan la recta del paseo como una forma de caminar pausadamente a la luz de la luna, en un mar de estrellas que descansan del sol sofocante del día. Porque en Benalup-Casas Viejas la feria de día se enfrenta con el calor dispuesto a colocarse en primera fila con la intención de no perderse el mínimo detalle. A veces viene acompañado de los susurros de amor del levante capaz de levantarle las faldas al mismísimo sol.