EL MISTERIO DE LA PIEDRA MÁGICA

EL MISTERIO DE LA PIEDRA MÁGICA

Versión realizada por alumnos de Espera basada en la obra inmortal de Juan Ramón Jiménez Platero y yo

Una mañana Platero, de 1 año, estaba jugando en el parque. Con su cubo y su palita estaba excavando en la arena para construir un castillo como le había enseñado su papá. De repente, su palita se encontró con algo especialmente duro. Era una piedra que, debido al contacto con la luz, se tornó de un vivo y brillante color verde.
-¡Qué maravilla!, exclamó Platero. Me pregunto qué cara pondrán Montaña y Rubén cuando se la muestre.
Apenas había pronunciado estas palabras, cuando, por un extraño encantamiento, el parque en el que estaba jugando desapareció y Platero se encontró en un bosque encantado, lleno de árboles mágicos, flores multicolores y pajaritos de todos los tamaños. Todo, sin embargo, parecía muy triste.
Un osito, con sus ojos llenos de lágrimas, al ver a Platero, gritó más que contento:
-¡Suerte que has encontrado la piedra mágica!
En el bosque encantado, antes de que ocurriera el terrible maleficio, animales y pequeños gnomos de aspecto agradable vivían juntos, felices y sonrientes.
El rey del lugar era un oso que gobernaba sabiamente sobre todos los demás habitantes. Había cervatillos, conejitos, aves de toda clase… y patitos en el estanque. De vez en cuando un gnomo curioso asomaba su cabeza detrás de un árbol. Habitualmente, los gnomos, grandes como un pulgar, habitan ocultos bajo las setas de color rojo. Pero los gnomos, amigos sinceros del rey oso, son seres sobrenaturales y tienen la facultad de aparecer de detrás de un árbol y convertirse en seres tan enormes como los niños.
El rey oso tenía un hijo, el osito Alex, el mismo que encontró a Platero y que manifestó tanta alegría al verlo. Platero le preguntó por los motivos de un entusiasmo y el osito respondió:
-Mira, mi papá es víctima de un encantamiento maligno que le ha hecho enfermar. La malvada bruja que reina en El País de los Maleficios ha lanzado una maldición sobre mi papá. Ella sentía mucha envidia por nuestro bosque encantado. Sólo la piedra mágica que has encontrado puede curar al rey. Ven, vamos a casa de mi papá que así podrá reinar de nuevo sobre todos los animales del bosque y volveremos a ser felices.
Y así fue. El rey oso, con solo rozar la piedra mágica que Platero había desenterrado, pudo otra vez salir de casa. Los animales del bosque y también algunos gnomos lo rodearon inmediatamente para manifestarle su alegría y su felicidad. En esta gran confusión de pajaritos, cervatillos, conejitos y gnomos todo el mundo parecía olvidarse de Platero. Seguramente le desagradaba ese hecho, pero su corazón sentía entusiasmo por la buena acción llevada a cabo. Y menuda acción: ¡Había salvado un bosque encantado! Cuando su papá y su mamá lo supieran, estarían orgullosos. El osito Alex era el más feliz de todos los habitantes del bosque, porque el rey mostraba de nuevo su autoridad y eso denotaba que estaba totalmente recuperado. En brazos de su mamá propuso organizar una fiesta enorme con cantos, danzas y juegos para conmemorar el nacimiento del bosque, el sueño de haber vencido el peligro. Mamá osa estaba de acuerdo con su hijo y ordenó que se empezaran los preparativos.
Platero en ese momento deseaba volver a su mundo, con sus amigos, a los brazos de Juan Ramón. Pero cuál fue su sorpresa, cuando, de repente, se dio cuenta de que era el centro de atención y del festejo. Cantos, bailes, molinillos de vientos tenían un solo destinatario: el burrito de ojos color azabache. Los habitantes del bosque manifestaron de ese modo su gratitud hacia Platero y el rey le otorgó el más alto título honorífico del reino encantado y le colocó sobre el cuello un lazo de hierbas frescas.
Al final de tanto festejo, del mismo modo que se halló de repente en el bosque encantado, Platero apareció de nuevo en el parque de su ciudad: Espera. Seguramente creyó haber soñado la emocionante aventura que acababa de vivir, pero el lazo de hierbas frescas, cerca del castillo de arena, del cubo y de la palita era una prueba clara de que los hechos habían realmente ocurrido.