EL OTRO PLATERO

EL OTRO PLATERO

Versión realizada por alumnos de Villamartín basada en la inmortal obra de Juan Ramón Jiménez Platero y yo

Nuestro Platero no es como el que Juan Ramón Jiménez imaginaba. Nuestro Platero es un burro grande y feo, calvo a partes, áspero y maloliente. Platero no es un burro muy refinado. Mientras pasea, mastica trigo con la boca entreabierta desmenuzando los granos y dejándolos caer sumergidos en una blanca y espumosa saliva por su cuello retorcido. Cuando camina por las calles del pueblo, disfruta salpicando las encaladas y relucientes paredes de las casas señoriales. También le gustan los grillos y el olor que desprende el humo que expulsa al pasar la vieja motocicleta de su dueño. A Platero no le gusta el campo, ni las flores, ni el canto de los pájaros. A él le gustan los días de tormenta, cuando los niños lloran y las calles se encharcan ruidosamente.
En uno de esos días de tormenta, mientras Platero disfrutaba con el tronar de los relámpagos desde el pajar destartalado, mirando a través de aquella cochambrosa ventanilla de mugrientos cristales, descubrió algo que le llamó la atención más allá del prado. Y observando aquella oscura silueta en el horizonte dejó que el sueño le venciese y quedó dormido entre las telarañas del sucio establo.
Días más tarde Platero recordó aquella visión, no muy seguro de que fuese realidad. Tal vez fuese una mala jugada de su imaginación, pero, llevado por la curiosidad, abandonó el establo y se adentró entre los desbaratados trigales. Caminaba y caminaba buscando entre los matojos algún ser o quizás una sombra, o algún indicio de que no había sido un sueño.
Bajando por la última colina de las tierras de su dueño, descuidó el paso, afinando la vista, escrutando el horizonte. Fue entonces cuando una pisada descuidada lo precipitó hacia un pequeño agujero en el que resbaló y cayó bruscamente. Abrió los ojos, aturdido por el golpe, y quedó aprisionado bajo unas piedras. El pánico se apoderó de él. Platero sentía claustrofobia. A su parecer las paredes de la cueva se estrechaban más y más y la escasa luz de la tarde desaparecía poco a poco de la vista. La cueva se sumía en las sombras y Platero oía extraños ruidos que procedían del interior. El sudor que derramaba por su frente delataba su miedo. Platero no acertó siquiera a gritar, aunque, de haberlo hecho, nadie lo habría oído.
De repente, una piedra se desprendió de la superficie y fue a dar de lleno en la cabeza del asustado Platero. Dormido quedó tras aquel golpe. Al poco tiempo, notó unas caricias en su lomo. Abrió un ojo, después otro. Enfocó la imagen y descubrió el rostro querido de Juan Ramón Jiménez que fue a despertarlo como cada mañana. Traía trigo fresco y agua clara del río. Por suerte todo fue una pesadilla. Platero conservaba su pelaje, su simpatía y la vida que lo había hecho feliz.