ENTREVISTA REALIZADA POR ALEJANDRO PÉREZ GUILLÉN A JUAN JOSÉ TÉLLEZ RUBIO

ENTREVISTA REALIZADA POR ALEJANDRO PÉREZ GUILLÉN A JUAN JOSÉ TÉLLEZ RUBIO

1.- ¿Desde cuándo sintió la necesidad de escribir versos?

Desde la adolescencia. Me gustaban los versos desde niño. Uno de los primeros poemas que recuerdo es el de aquella monotonía de la lluvia tras los cristales escolares de Antonio Machado. Crecí en pleno franquismo pero extrañamente rodeado de versos de Rafael Alberti, de Federico García Lorca y de clásicos anteriores. Empecé a escribir porque me gustaba el sonido de las palabras, pero pronto descubrí que las palabras le gustaban a las muchachas que me gustaban a mí.

2.- ¿Se puede uno ganar la vida con la literatura?

Es muy complicado. Si eres autor de best-seller o de libros de auto-ayuda, es posible. Los derechos de autor oscilan en torno a un 5 y un 10 por ciento del total de ventas, por lo que sólo puedes sacar en limpio, muy a menudo, lo que pactas como anticipo a cuenta de esos derechos. Después, es muy difícil ver un euro más. Lo normal es que compagines el ejercicio literario con otro oficio, a veces relacionado con la literatura y a veces, no. En mi caso, lo compagino con una profesión, la del periodismo, que también se basa en un género literario pero que abarca otros ámbitos y otras artes, buenas o malas.

3.- ¿Qué autores le han gustado siempre?

Desde niño, Charles Dickens, Robert Louis Stevenson, Mark Twain, Julio Verne, Emilio Salgari, Cervantes, Quevedo, Becquer… Luego, buena parte del 98 y del 27, la generación española del 50 y muchos de entre mis contemporáneos, pero especialmente mi maestro Fernando Quiñones, Joseph Conrad, Jack London, Paul Bowles, Ernest Hemingway, Bertolt Brecht, Blas de Otero, José Manuel Caballero Bonald, Angel González, José Agustín Goytisolo, Juan Marsé, Eduardo Mendoza, Angel Vázquez, Raymond Chandler, James Ellroy, Andrea Camilleri, Francisco García Pavón, Félix Grande… Podría seguir durante varias pantallas más.

4.- ¿En qué género se siente más cómodo, en la poesía o en la prosa?

Cada momento tiene su género. Escribo poemas como respiro, con naturalidad. Escribo en prosa como amo, con tanto entusiasmo como dedicación.

5.- ¿Qué ritual sigue a la hora de escribir, tienes alguna manía?

Siempre escribo poemas a mano. Siempre escribo relatos o artículos utilizando un teclado.

6.- ¿Cuál es su poema preferido? ¿Por qué?

Sería como confesar qué libro me llevaría a una isla desierta y a mí no se me ha perdido nada en una isla desierta.

7.- ¿Qué le pone de mal humor en este mundo?

Que en la película de la realidad siempre suelen ganar los malos. Aprendí a cabrearme mucho con las películas de Costa-Gavras hasta que comprobé que fuera del cine, aún era peor.

8.- ¿Con qué disfruta al margen de la escritura?

Con el amor, sobre todo. Con los afectos, en general. Con los viajes, el cine, la música, las artes plásticas, el hachís, el ron, con la vida misma. Me considero más un vividor que un escritor. Y creo que muchos de mis posibles lectores estarían de acuerdo conmigo.

9.- ¿Es fácil publicar un libro?

Depende a lo que se llame publicar. Fernando Quiñones hablaba de libros publinéditos, que eran aquellos oficialmente publicados pero que, al no distribuirse, podían seguir considerándose inéditos. Todos tenemos algún libro de esos en nuestras bibliografías. Hoy en día, conviene recurrir antes a publicar en internet que en una de esas ediciones fantasmas que no llegan nunca a las librerías. Hoy es más fácil que nunca publicar un libro, desde las autoediciones a las colecciones institucionales, pero mejor no tener prisas. La historia de la literatura puede esperarnos. A veces, eternamente.

10.- La literatura, ¿le ha dado o le ha quitado amigos?

Me los ha dado siempre. Si me ha quitado alguno es que, en rigor, no era demasiado amigo. Claro que a veces uno llega a la literatura buscando la belleza y se encuentra con los siete pecados capitales. Hasta que uno descubre que, a veces, pecar es bello.

11.- ¿Qué siente cuando ve un texto suyo traducido a otra lengua?

Perplejidad, sorpresa. Traduttore, tradittore, que dijo el clásico. La traducción a veces es traición, pero casi siempre es un puente hacia otras culturas.

12.- ¿Se considera una persona más sensible que la mayoría por el hecho de escribir poemas?

En absoluto. Uno es la suma de sus experiencias. No me considero especialmente sensible porque determinados aspectos de mi biografía, como el reporterismo, me han endurecido. Creo que la mayor o menor sensibilidad de cualquiera no lo da su oficio sino su actitud.

13.- Cuando Luis Pineda musicó un poema suyo, ¿cómo se sintió?

Me gustó mucho la versión musical que Juan Luis Pineda ofrece de mi poema “La forja de un rebelde” en su disco “Jaula de grillos”. Creo que la poesía, la música y la matemática tienen mucho que ver entre sí. Yo he trabajado desde muy joven con músicos. Con 16 años, formé parte del grupo “Sin nombre”, en Cádiz, en el que trabajábamos con letras mías o poemas de autores como Blas de Otero o Rafael Alberti y Ángel González, entre otros. Algunos rockeros de finales de los 70, como mi paisano Kiko, le pusieron música a poemas de mi primer libro “Crónicas urbanas”. He trabajado en espectáculos musicales tan curiosos como la versión flamenca de la Alicia de Lewis Carroll que pusieron en escena Los Ulen y en el que yo aporté las letras, junto con Kiko Veneno. Otros músicos como Paco Cifuentes, el grupo Contradanza, David Palomar, Ana Salazar, El Ecijano, Carmen de la Jara, Fernando Lobo, Nacho Dueñas, Javier Ruibal y muchos otros han interpretado versos míos. Y me encanta. Creo profundamente en el mester de juglaría.

14.- Cuando alguien que está empezando le deja un manuscrito para que le dé su opinión de experto, ¿le dice la verdad o la disfraza un poco?

Suelo decirle la verdad. Creo que soy riguroso en su análisis, pero sin hacerle daño. Prefiero ser cruel con las vacas sagradas.

15.- ¿El periodismo es más duro que gratificante o es más gratificante que duro?

Yo no puedo hablar del periodismo en general. Ya no existe el periodismo en general. El periodismo es cada uno de quienes lo practicamos o cada uno de quienes lo sufrimos. A mí me apasiona. Es lo más parecido a mi propio carácter que conozco. Me alegra ejercerlo pero soy consciente de que mi forma de hacerlo ya está en vías de extinción. Me siento un pterodáctilo de la prensa.

16.- ¿Qué le debe a Fernando Quiñones?

Fue mi segundo padre. O mi padre literario, mejor dicho. Crecí artísticamente junto a un tipo que creía que la poesía no sólo era Garcilaso, que conocía la música de los versos en otros idiomas, que chupaba el habla popular como una esponja pero que también podía y sabía escribir como un clásico del Siglo de Oro. Que amaba la ópera, el flamenco, el jazz o la canción de autor con el mismo entusiasmo que la pintura o el cine. Me dio alas para volar solo. Y para intentar no parecerme a mi maestro. El buen discípulo no es aquel que imita a su maestro sino el que aprende lo bastante de él como para discutir, para disentir, para sentirse como en casa, sin ataduras, sin protocolos.

17.- ¿Por qué no cree en los finales felices?

Porque soy ateo, me apasiona la vida y la muerte parece tan pertinaz como la sequía.

18.- ¿Qué supone la música en su vida y en su obra?

Creo que ya he contestado a esta pregunta. Pero le diré que mi madre me cantaba en la cuna “Ojos verdes”, que mi padre ponía en su vieja radio de madera cantes de Marchena, de Valderrama y de Enrique Montoya, pero yo cambiaba en mi infancia el dial para oír a los Beatles en la radio de Gibraltar o escuchaba a Sinatra, a Dean Martin y a muchos otros crooners en un programa de radio que se llamaba “Desde la quinta avenida”. Cada domingo, mi vecino de abajo se empeñaba en ponerles a sus hijos discos de música clásica que ellos detestaban y que yo, en cambio, aprendí a amar profundamente. Con quince años, conocí a Antonio Mairena y a José Menese. Con dieciocho, a Joaquín Sabina. A los veinte, a Camarón y a Paco de Lucía. Mucho antes, incluso formé parte de un coro parroquial en el que, al poco de incorporarme, el cura me pidió que me limitara a mover los labios porque tenía muy mal oído. En una ocasión, cantamos para Antonio Machín, como cuenta Rafael Marín en su novela “El niño de Samarcanda”.

19.- ¿Qué precio ha tenido que pagar por ser solidario, por aferrarte a las causas perdidas?

No he prosperado mucho en el escalafón de los medios de comunicación. Pero ignoro si es por eso o por mi profundo sentido de la bohemia.

20.- ¿Qué le aporta la televisión que no le ofrezca la prensa escrita?

Es otro lenguaje. Tan fascinante, si se quiere, como el de la palabra. Me encanta trabajar en proyectos documentales, por ejemplo. Y me divierten los debates. Pero, sobre todo, pagan más. Y los escritores también tenemos que hacer frente a las facturas.