VARGAS ANTÚNEZ, CARMEN. SIN BILLETE DE VUELTA

VARGAS ANTÚNEZ, CARMEN. SIN BILLETE DE VUELTA

VARGAS ANTÚNEZ, CARMEN. SIN BILLETE DE VUELTA

La historia oficial suele venir contada por el pulso firme de los vencedores relegando a un segundo plano o al olvido las vivencias paralelas de los vencidos, de modo que debemos aplaudir con entusiasmo iniciativas como la llevada a cabo por Carmen Vargas Antúnez de relatar la memoria viva de su abuelo, un anarquista que, a pesar del hambre y de la persecución sufrida por los poderosos desde siempre, optó por luchar por el diablo inquieto de la libertad. Sin billete de vuelta es una novela que intenta reconstruir el pasado de un hombre, de una familia y de un pueblo en pos de mejorar su modo de vida, en pos de un mundo donde las ideas sean siempre motivo de enriquecimiento y nunca de disputa, donde las palabras no disparen más balas que un desencuentro en el que prime por encima de todo el respeto.

Salustiano Gutiérrez Baena, un historiador enamorado del pueblo en el que reside, quizás el que más sabe sobre su pasado, nos cuenta en el prólogo la importancia que adquiere la cultura a la hora de no quedarse uno indefenso ante la justicia y ante la vida, el valor exacto que ostenta la dignidad de todo ser humano.

Carmen Vargas Antúnez distribuye su obra en un prefacio donde nos invita a adentrarnos en los sinsabores de su familia, en unos antepasados que recobran su memoria antes de que queden enterrados en el olvido. Una memoria de papel que no pretende rendir cuentas con nadie, sino recuperar ese fondo de la historia escrita bajo el prisma de la derrota. Tras el prefacio, la novela arranca con el mensaje de la huida: Francisco Vargas Casas y Carmen Bancalero Ortiz abandonan sus raíces como un árbol que, en lugar de proporcionarnos sombra, interrumpe la línea imaginaria de unos ojos sin importarnos que siempre ha formado parte del paisaje y hay que arrancarlo de cuajo. Huir es un antídoto eficaz para no caer rendido a los pies de los poderes fácticos, para conservar la libertad de las ideas y conversar con las ideas de la libertad en una sociedad que no admite matices, ni atajos, incapaz de encajar el hecho de que otros muestren una forma distinta de pensar.

Ese salto temporal se detiene en el capítulo segundo donde empiezan a narrarse los acontecimientos ab ovo, desde el inicio donde asistimos al nacimiento de los protagonistas en el seno de una familia humilde, sus primeros años hasta la adolescencia, sumergiéndose de lleno en los acontecimientos que le marcaron para siempre: Los Sucesos de Casas Viejas, allá en el año 33 donde las fuerzas republicanas tomaron represalias contra el hambre de unos anarquistas cuyo único delito fue el poder evocador de la inocencia, el ansia desmedida por contentar sus estómagos.

El miedo lleva a Francisco Vargas Casas a refugiarse en la sierra, en una especie de paraíso de libertad que lo tiene en vilo por la suerte de los que deja en la aldea, por la sensación de derrota que le corroe las entrañas. La supervivencia lejos de los suyos supone una libertad con cadenas que al final decide cambiar por las cadenas de una cárcel. Los golpes encajados por su cuerpo en nada se asemejan a las cicatrices que se le van grabando en el alma. La guerra civil le deja en el paladar un mal sabor de boca, unos puñetazos en la mandíbula que a punto están de tirarlo a la lona.

La familia crece y Francisco se ve obligado a ver el crecimiento de sus hijos de forma intermitente, pues cada cierto tiempo es encarcelado de nuevo. En la cárcel conoce a algunos amigos y uno de ellos le entrega el don más preciado: una libreta y un lápiz que son quemados en el acto en cuanto son descubiertos por los guardias de la prisión. Es evidente que su vida debe ser escrita a fuego lento como una pasión desenfrenada que requiere sus propias pausas.

Una vez libre y bajo la presión asfixiante de la sociedad que lo rodea, ha de tomar la decisión más significativa del momento: se coloca en el punto de partida de la novela al dejar Casas Viejas para emprender un futuro en otro lugar donde el pasado no pese tanto ni sea una carga insoportable. Se trasladan a Villafranco del Guadalquivir donde la familia emprende una nueva vida llena de sudor y sacrificio, pero libre al fin de sentir la soga al cuello en cada paso que dan. Sin embargo, Carmen Bancalero Ortiz, después de numerosas recaídas, no puede superar sus problemas cardíacos y nos deja un ejemplo de lealtad difícil de superar que no está lleno de heroísmos, sino de coraje y abnegación diaria. Los corazones maltrechos por la salud tejen con maestría el mapa desolado de la generosidad, de un amor sin límites que corre de manera inversa al lento latido de la esperanza.

La España franquista desfila por estas líneas hasta que la muerte de Franco simboliza el desembarco de unos ideales que han intentado callar sin éxito durante mucho tiempo y Francisco rumia con nostalgia la vuelta a su aldea natal. Un deseo que se hace realidad con la ayuda de su hijo Jaime, su nuera y su nieta Carmen, una niña inquieta desde la cuna que se convertirá en una esponja que absorberá todo el argumento sentimental de esta novela. Una vuelta que lo impregna de recuerdos y de sensaciones contradictorias en un doble mundo que se intercambian e interponen: la estampa de un pueblo muy distinto del que hace muchos años abandonó por dignidad y por amor a los suyos. Una novela de amor a los demás que nos invita a ser tolerantes, a desnudar las raíces para conocer la planta.