TRONCOSO GONZÁLEZ, ROSARIO. DELIRIOS Y MAREAS

TRONCOSO GONZÁLEZ, ROSARIO. DELIRIOS Y MAREAS

DELIRIOS Y MAREAS, ROSARIO TRONCOSO GONZÁLEZ. CÁDIZ: PUBLICACIONES DEL SUR, 2008

            Si en Huir de los domingos Rosario Troncoso acercó sus pies a la orilla de la costa, en Delirios y mareas se sumerge conscientemente en las aguas, a pesar de que no sabe nadar, se empapa de la vida, se moja, sobre todo, cuando ha de entregarse al amor, y no termina satisfecha hasta que ahoga sus latidos en la salvaje corriente del mar, al mismo tiempo que deja su corazón desnudo en la arena como una caracola que ha perdido su carne, mas no quiere escudos que la protejan, como una concha extraviada que espera impaciente el oído atento de cualquier lector. La vida se comporta como una marea, con sus olas que van y vienen, con sus ondas que arrastran recuerdos y olvidos, que borran huellas y escriben sobre el folio de nuevo en blanco. No rechaza la estética de su primer libro, (se recuperan como ecos del pasado algunos de sus poemas anteriores), sino que la completa, la enriquece, la cubre de matices nuevos. No se repite. Es el eco de su voz que va creciendo sin renunciar a su pasado. La marea crece, llega a su cénit, a una pleamar que sacude las conciencias, creando una mujer más profunda, más madura, a la que no le tiembla el pulso si ha de arriesgarse. La existencia es un deambular constante por el filo de la navaja. Rosario Troncoso se corta sin darse cuenta o siendo plenamente consciente, se lame las heridas y no siente ningún pudor si tiene que enseñarlas. No se avergüenza cuando contempla su cuerpo en el espejo del mar y adivina ese mapa de carreteras que ha ido descubriendo poco a poco, porque se ha lanzado a la aventura de vivir, al desafío de chocarse de bruces con las rocas. En la bajamar recoge los restos del naufragio, se siente indefensa lejos del agua, se afana en soltar anclas en el barco de la conquista, aunque no está dispuesta a perder la libertad en pos de una meta, pues no hay mayor premio que ser libre, se sumerge en las profundidades del olvido como un abismo de sombras que se encuentran mejor sin el faro del desengaño, emerge fuera del mar para sacar a la luz el recuerdo de un verano en el que la vida estaba completa, sin ausencias.

            En ocasiones uno escribe para maniatar a sus fantasmas con la cuerda invisible de una pluma que traza su propia geografía en el papel. Rosario Troncoso, en cambio, se desata, los desata para conjurar sus miedos, deja libre su amor propio, deambula por el alambre del deseo observando desde las alturas la gama de grises que despliega el mundo entre los extremos del blanco y del negro, se sumerge en una nueva cultura, la oriental, con el fin de renacerse, recobra de nuevo la fe en el ser humano, aunque nunca la haya perdido, se refugia en los brazos de un poema donde se siente totalmente libre, desde donde puede combatir contra la rutina, y se descalza para notar el frío de la vida correr por sus venas, sentir sus pasos sobre la superficie de los sueños.

            En Punto y aparte se dirige a la historia, a una Tacita de Plata que se reconcilia con sus orígenes, a una edad media que retoma el papel de la mujer más allá de los cánones de belleza o a pesar de ellos, con un guiño literario al Arcipreste de Hita y en su conjunto, al mester de clerecía, al amor en minúsculas, pues las mayúsculas tienden a hacerle sombra al héroe que las usa. Resucita la cuaderna vía en un ejercicio de ingenio que se complementa con el contenido, un recuerdo de la tradición que enlaza con el contemporáneo papel reivindicativo de la mujer. Su locura nos empuja a abandonar el castellano para, con el sencillo gesto de una cantiga, englobar la literatura de la península. Una muestra más de ese poder aglutinador de su pluma, que suma y suma, pero nunca excluye. El poema finaliza con un homenaje a su madre y por extensión a las madres en general, de forma que entronca con Huir de los domingos, en una estructura circular que discurre desde la mano solicitante del padre a la solicitada de su progenitora. Se cierra un ciclo en el que Rosario Troncoso se sumerge de lleno en las aguas turbias de la existencia para naufragar exhausta en la escritura. Son retales de su alma que se han ido agregando a las encías más ocultas de sus versos.