TRONCOSO GONZÁLEZ, ROSARIO. EL EJE IMAGINARIO

TRONCOSO GONZÁLEZ, ROSARIO. EL EJE IMAGINARIO

EL EJE IMAGINARIO, ROSARIO TRONCOSO GONZÁLEZ

            La tierra, como un árbol anclado bajo las venas de sus raíces, a veces se despereza, agita los brazos, le reclama al hombre su porción de silencio y descose el tiempo. No encuentra otro modo de empezar de nuevo, de enterrar el dolorido recuerdo de sus cadenas. Necesita morir para empezar a escribir unas páginas en blanco. Rosario Troncoso resucita en cada libro con la esperanza de no repetir sus palabras antiguas, de ser diferente en cada línea, sin dejar de ser ella misma, en cada existencia. Y lo consigue en libros como El eje imaginario donde sus sueños la atraviesan de norte a sur, donde la realidad corre, agazapada, de este a oeste como una lanza de luz que alumbra sus entrañas.

            Rosario Troncoso desabrocha la conciencia en un ademán erótico en el que el cuerpo herido cubre las vergüenzas del alma, donde la pluma viaja entre imágenes a La India para retratar la infancia confusa de unos niños. Se disfraza de Momo para comprender que el amor al arte no necesita dividendos, sino un antídoto eficaz para derrotar al inagotable e invencible olvido. En suma, se desnuda en cuerpo y alma sin que por ello deba escandalizar a nadie. Se ríe de sí misma, pues piensa que la tragedia de la vida no sería soportable sin unas gotas de humor. Acude a la ironía y al sarcasmo para denunciar el abismo profundo hacia el que se arroja el ser humano. Se acopla al endecasílabo para consolidar unas formas que mecen con ternura el venero inagotable de sus pensamientos y se desangra en la herida abierta del mundo por cuyas grietas laten unos versos en una estructura tripartita: Fin, Ráfagas de luz y Principio.

            Intuye que el hombre corre tan deprisa que se lanza sin miedo al vacío. Y, por ese motivo, lo llena de alas y de almas, se detiene con un simple gesto, se demora en cualquier circunstancia y no le importa llegar al final del camino. Le causan pavor los bosques, porque teme chocarse de bruces con un fantasma, con el irreconocible fantasma de su propia sombra, de una inocencia mancillada por unos dedos indigestos.

            Reniega de su ego para adentrarse en un nosotros, capaz de denunciar las injusticias cotidianas, el afán de sobrevivir a costa del más débil. No pretende un mundo mejor para ella, sino un mundo más humanizado donde el calor de unas palabras sea suficiente para incendiar una hoguera, para abrigar el frío de unos corazones ateridos por la ausencia, para apagar el fuego del odio.

            La muerte campa a sus anchas en la casa encendida de la existencia con la paciencia infinita del que está acostumbrado a convivir entre las sombras. Morir es ir perdiendo la memoria, apagándose en el silencio del olvido. Vivir consiste en abrir el dolorido cofre donde anidan las abejas del recuerdo. A veces, me indican que estamos vivos. Otras, me alejan del presente.

            Rosario Troncoso huye del amor a la rutina. Persigue la rutina del amor entre aplausos, sabedora de que la sencillez de lo cotidiano es, en definitiva, todo lo que tenemos, todo lo que somos. Amar es un estadio de la locura, es la locura en su estadio más enfermizo. Rosario Troncoso le pide al amor que moje sus alas en la lluvia, pues de esa forma siempre permanecerá a su lado. Se refugia en el paraíso perdido de la infancia, entre las raíces de una esperanza que retoma el aliento de la familia. Respira versos por las aletas del papel. Escribe oxígeno por las narices de las musas que la acompañan, clandestinas, entre las teclas de un ordenador, entre los frágiles sueños de unos pupitres.

            Rosario Troncoso combate la soledad y el silencio a base de arañazos como un gato fiel que saca a relucir sus uñas. Combate a favor de la auténtica poesía, aquella ajena a los ornamentos exagerados, aquella que pinta el alma a trozos, que se enreda entre las palabras como un abrazo descosido. Pretende convivir como una prenda ahorcada por violentas pinzas en un tendedero, con los pies próximos a la tierra y las ilusiones a la distancia de unos brazos extendidos.

            Principio asume la pasión por la vida, la vida de una pasión que renuncia a la luz, si la luz no se encuentra dentro de la geografía del cuerpo amado, se deshace entre caricias y nos deja un sueño de ceniza posado en los dedos. El tiempo muere entre besos furtivos, el mar embiste con las olas del deseo, la marea nos trae a una mujer impetuosa, dispuesta a llevarse los años por delante. Empecemos de nuevo en otro cuerpo, en otra piel, en otros sueños.

            Rosario Troncoso acuna el latido de una niña entre sus brazos para volver a nacer, para volver al principio. Recuerda a su marido que el amor está presente desde siempre, escrito en un post it, maduro en el pecho. En definitiva, la poesía es un recuento de cadáveres que se van quedando en el camino, una marejada de supervivientes que laten más allá de los versos, más allá de la vida.