BERNAD, OLGA. CARICIAS PERPLEJAS

BERNAD, OLGA. CARICIAS PERPLEJAS

El pasado 12 de mayo estuve firmando ejemplares de mi poemario Matar a Narciso en la feria del libro de Sevilla y acudí acompañado de mi entrañable amiga Rosario Troncoso, que venía a hacer lo mismo con su Eje imaginario, de modo que volvimos a reunirnos más tarde para almorzar juntos y esperamos a que abrieran de nuevo las casetas. Con más tranquilidad nos dirigimos a la de La isla de Siltolá, con el objeto de ver de primera mano las novedades. Me indicó que leyera encarecidamente a Olga Bernad, así que no dudé un instante y compré Caricias perplejas. Un día después me la encontré maullando en El ático de los gatos.

Para maniatar el silencio hace falta un verso que grite a los cuatro vientos la verdad de la conciencia, el eco vibrante de un latido que se escapa entre los brazos de la nostalgia, un rumor de derrota y de misterio que empapa el aliento cercano de la vida. Olga Bernad concibe la literatura como un salvavidas donde se conservan los restos de un naufragio, fragmentos de recuerdos a punto de caer al abismo del olvido, el gesto tierno de una hoja que muere al alcanzar la libertad de pájaro, el roce amable de una mano que se aferra a la memoria, la sonrisa fantasma de un sueño en flor que añora la brisa alegre de la primavera, el cálido abrigo de un invierno que conecta con el presente, que no nos hace perder la perspectiva.

Olga Bernad establece un juego de contrarios en el que uno es consciente de que debe asumir la pérdida o perder la inocencia, una inocencia que se derrama bajo la sombra de las palabras, que tirita en un rincón del verso y se oculta contra la maldad del mundo. Traza un recorrido existencial cargado de las líneas rectas de la lógica, de unos hechos amenazados por el tiempo, y lleno del erotismo que proporcionan las curvas, un rodeo innecesario que vamos masticando a cada paso. Caricias perplejas es fiel reflejo de un duelo virtual entre el generoso ímpetu de la infancia y el yo maduro que ya es una realidad. Es un modo de vida que no puede concebirse sin las letras y sin el amor, y una forma de mantener intacta la inocencia, oculta entre la hojarasca de los versos, como si todo aquel que se asome a estas páginas pudiera empaparse de ella, encontrarla más pura incluso de cuando nos abandonó.