BASALLOTE MUÑOZ, FRANCISCO

BASALLOTE MUÑOZ, FRANCISCO

El campo de visión de un individuo es demasiado estrecho como para abrazar el abanico de matices del que se nutre el universo. De ahí que Francisco Basallote abandone el yo íntimo y personal para extender sus raíces en un yo coral, colectivo, que se cuela, sin que nos demos cuenta, en la conciencia del lector como si nos cogiera de la mano para acompañarnos en silencio por los páramos de la lírica. Un yo que quiere pasar desapercibido, pero se intuye en cada latido del bosque, en cada ola del mar, en cada calle de su pueblo. Un yo que recorre los parajes más recónditos de Vejer, que trasciende el tiempo real y deambula solitario por el alambre de la historia.

La luz no es más que una pluma que escribe en el aire retazos de una infancia, una memoria recobrada a través de la palabra, antes de que caiga rendida a los pies del olvido. La poesía consiste en reconstruir y reinventar un pasado que se filtra entre una existencia antigua, llena de casas blancas, un mundo que se detiene ante el espejo con el fin de que no se pierdan los matices por el camino, una naturaleza que posa de manera espontánea con el fin de salir airosa en el boceto del poema. Un juego de ajedrez cargado de sombras y de luces que oculta entre los recuerdos el aroma de la inocencia.

Esa capacidad de síntesis que muestra Francisco Basallote en sus versos se hace más que evidente cuando aborda con maestría la composición de haikus. Los haikus son una herida abierta a la vida, un relámpago que pinta de colores el cielo, un tractor que remueve las entrañas de la tierra, una nariz que derrama el aroma de las flores inclinadas a su paso, unos oídos atentos al murmullo de unas aves, la conciencia de un dolor que late irremisiblemente en nuestros corazones.

Una poesía clara, tranquila, nítida, como el espejo del mar que se divisa en lontananza, como ese sol de otoño que baña los recuerdos y las calles.

Una poesía dura, fuerte, sólida, como las piedras milenarias que han cincelado la arquitectura de los sueños, como las ansias por saber que se ocultan entre el folio en blanco de unas paredes de cal.

Una poesía cromática donde el ocaso estalla con toda su gama de colores, donde la naturaleza florece en el papel como si diera rienda suelta a la primavera.

Francisco Basallote camina sobre el filo de la historia hacia el precipicio del presente en una geografía de nostalgias que duermen sin descanso en las fuentes nevadas del papel. Son las huellas del pasado, las pisadas de antaño las que quedan retratadas en los versos.

El silencio se detiene a poner unas palabras en el cuaderno misterioso de la niebla y la luz dibuja en el aire la esperanza del hombre entre las sombras, en una soledad de noches embrujada por la tierna mirada de unos ojos desvelados.

Francisco Basallote crea una poesía urbana que se diluye en el laberinto sin salida del tiempo, en la búsqueda cotidiana de la belleza, en la locura de rescatar las derrotas y remover las cenizas como un intento fallido de volver a vivir el pasado, como el único medio de volver a quemarse en el fuego tibio de la memoria.

Crea una poesía rural donde el locus amoenus cuenta con una flora y fauna autóctonas, unas flores que recorren el paisaje de La Janda, un aroma que se desprende en el camino diario por el campo, una fauna que se oye desde el cuadro sin pintar de las ventanas de su casa, con un rumor azul que proviene del mar y una caricia blanca que nos trae el levante. Un misterio indescifrable que se divisa más allá de la cortina que establece la niebla.