ALIJA CASTRO, VÍCTOR. DISCURSO SOBRE LOS ESTADOS CARNALES

ALIJA CASTRO, VÍCTOR. DISCURSO SOBRE LOS ESTADOS CARNALES

DISCURSO SOBRE LOS ESTADOS CARNALES, VÍCTOR ALIJA CASTRO

Para muchos y, en especial, para los poetas, el paraíso perdido del ser humano es su infancia, ese muestrario de antigüedades que se van deshilachando en el antiguo tejido de la memoria, esas esquinas desconchadas y oscuras, que pintan de sombras y de luces las paredes del recuerdo como un tablero de ajedrez cuya alternancia entre el blanco y el negro asemeja a ese mundo interior que a veces rescatamos del olvido y en otras ocasiones vive en la penumbra de la soledad.

            Otros prefieren mirar al frente y no echar la vista atrás, pues tienen muy presente el mito de Orfeo, aquel enamorado que descendió al Hades con la esperanza de recuperar una pasión rota por el veneno de una víbora. Los dioses del infierno se enternecieron con el canto mágico de la lira y accedieron a sus súplicas, siempre y cuando el poeta no mirase a la amada hasta que no cruzaran las fronteras del averno, pero fueron tales sus ansias que cayó en la tentación de unos ojos perdidos en la niebla de la distancia.

            La literatura también está repleta de poemas cuyas palabras se convierten en llaves maestras que nos conducen a las puertas del alma, de un ente incorpóreo que rechaza de plano el valor de esa cárcel llamada cuerpo. Víctor Alija Castro no pretende renunciar a la espiritualidad de la vida y, sin embargo, tiende a reivindicar el papel destacado que adquiere la carnalidad en unos tiempos en los que los deseos de la materia pueden rivalizar con las apetencias del espíritu. En la carne se extienden desplegados los mapas habitables que hacen posible una existencia más rica, un sinfín de recovecos y calles tenebrosas donde dormitan fantasmas tales como la nostalgia y el desdén, cuevas y curvas donde el erotismo se pasea impunemente sin más temor que el vacío de la ausencia.

            El objetivo primordial de su lírica no descansa en acariciar la filosofía de Zaratustra, sino en crear una filosofía de la caricia, una estética del tacto cuyas cicatrices son versos deshojados en las ramas de una espalda, un brindis al sol de la dicha y un llanto al paraguas del dolor. Es la reivindicación del cuerpo como puente alzado en una orilla desde el cual se puede uno lanzar a las aguas de la espiritualidad. 

            Discurso de los estados carnales es una poética de la entrega, una concepción de la vida donde el amor le gana terreno a la batalla, donde la batalla del amor pasa a ser una lucha donde no hay vencedores ni vencidos. El amor es la chispa de luz que una cerilla deja entre el humo de un cigarrillo y estos poemas una farola que nunca apaga su lumbre, no con el fin de que veamos con claridad sus entrañas, sino con el objetivo de ofrecernos un pequeño rescoldo donde podamos resguardarnos del frío, unas manos de fuego donde podamos calentar nuestra alma, una fogata donde podamos arrojar nuestras miserias.