SCHLITTLER KAUSCH, ADRIANA. CRUELDADES AFINES

SCHLITTLER KAUSCH, ADRIANA. CRUELDADES AFINES

CRUELDADES AFINES, ADRIANA SCHLITTLER KAUSCH

 

Cuando las mariposas del amor fallecen de forma intempestiva, aún revolotean en nuestra memoria unas alas perdidas en la conciencia del dolor, en el dolor de la conciencia, como latidos de una vida que respiran de nuevo en el papel, que se oyen por encima del rumor del mar. Crueldades afines retrata entre pinceladas de tinta el proceso de duelo al que hace frente un ser humano cuando se queda a solas, cuando una existencia compartida se desgaja como una naranja en infinidad de porciones. En el tiempo de la tarde, en las tardes donde el tiempo se hace fuerte, se esboza el atlas silencioso de una entrega, de una sumisión que va más allá de la noche. La nostalgia y el recuerdo se calientan las manos en la triste hoguera de una chimenea con la intención de soportar de la mejor manera posible las inclemencias del invierno. La rosa que solloza bajo el llanto del rocío no es más que guiño de belleza que duele en las entrañas porque se ha perdido. Crueldades afines es un canto a la pérdida, a la búsqueda de un espejo como el papel para derramar todo el sueño de un amor vencido, de un fuego apagado. El tiempo hace que el corazón se endurezca y la piedra adopte por momentos su vivo retrato, una tumba de silencios que anhela al menos el aliento de un grito.

Todas las piedras son esos miedos que se enquistan en la memoria, esas zancadillas que el azar va colocando en el camino, esas heridas abiertas que se indigestan después de saciarnos de vida, de llenarnos la boca de nada.

La casa inundada es un principio de naufragio donde el deseo es arrojado a la orilla por las olas, donde el alba oculta su temprana sonrisa para cubrirla de sombras, donde los sueños amanecen con tanta luz que nos ciegan.

Adriana Schlittler Kausch se siente atrapada entre el pasado y el futuro, en un mundo interior que no crece, pues es incapaz de encontrar una vía de escape, una salida donde una flor, engendrada en las entrañas, puede abrirse a la existencia, libre, sin cadenas.

Crueldad descansa en los estragos que el paso del tiempo causa en un cuerpo cuya memoria añora joven, en una infancia que enseña sus primeras arrugas, en una penumbra incapaz de desembarazarse de su soledad, en un silencio que no llega a oírse jamás, en unas noches repetidas y cansadas, que no encuentran el mínimo resquicio de una bombilla. Y, sin embargo, la vida merece la pena cada vez pongamos el alma en el precipicio del alambre, en el alambre de un precipicio que nos empuje a vivir con la intensidad que se merece la vida.