GARCÍA-MÁIQUEZ, ENRIQUE. CASA PROPIA

GARCÍA-MÁIQUEZ, ENRIQUE. CASA PROPIA

CASA PROPIA, ENRIQUE GARCÍA-MÁIQUEZ. SEVILLA: RENACIMIENTO, 2004

            Los escritores tienden a desnudar su alma en cuanto la pluma moja las vergüenzas del papel, a enseñarnos su mundo interior con el objetivo de conocerse a sí mismos, con la esperanza de que el anónimo lector se identifique con, al menos, un poema o un verso. La vanidad del poeta no suele llegar más lejos. En este sentido Enrique García-Máiquez nos muestra su propio hogar, símbolo evidente de esa conciencia y ese otro yo, lleno de evocaciones que necesitan con urgencia derramarse en el papel. No se siente acuciado por el tiempo aún, sino que el plano de sus sentimientos requiere un espacio físico donde trazar sus líneas, un mapa de carreteras por donde se atreve a desfilar como un funámbulo que recorre con los ojos cerrados el abismo de un alambre.

            Su vida se construye en el aire, con la libertad de quien defiende una única bandera: ser fiel a sus propias pautas. Con ello no quiero decir que el poeta sea un soñador que apenas pone los pies en el suelo, sino, al contrario, se aferra a la tierra en cada gesto que realiza, en cada paso que da, en cada sueño que recuerda. Empezar por el tejado supone asomarse a sus entrañas sin dejar de contemplar el universo que lo rodea. Pretende afinar su personalidad y el optimismo de sus libros anteriores se va afianzando, se va esbozando en una sonrisa de versos, en una carcajada de poemas. Para Enrique García-Máiquez la escritura es un grado de felicidad, vivir entre libros es una forma sutil de vivir plenamente, disfrutando de lo que uno quiere. A través de sus palabras vamos conociendo a sus autores predilectos: Dante, Quevedo, Gonzalo de Berceo, Lope de Vega, Garcilaso, Fray Luis, Cernuda… A través de sus versos nos adentramos en sus quehaceres cotidianos, en su vocación de maestro, en sus sueños de lector. De la estructura externa de su mundo, nos abre la puerta de sus estudios, de sus horas pegadas a las pagadas hojas de los libros, de su vida personal, de su hermana María, de sus modestos objetivos. Corre por los pasillos de su infancia, por las galerías machadianas del alma como un ala juguetona que quiere ser siempre libre. Se asoma a la realidad exterior a través de la ventana y contempla su rostro en el espejo sucio de la calle. Anhela un dietario sencillo que duerma entre los brazos de la amada y se despide de nosotros con un canto a la muerte sin dramatismos, como quien acepta la realidad de la vida sin aspavientos, sabiendo a ciencia cierta que el amor es el único contrincante capaz de derrocar a la muerte.