GARCÍA-MÁIQUEZ, ENRIQUE. HAZ DE LUZ

GARCÍA-MÁIQUEZ, ENRIQUE. HAZ DE LUZ

HAZ DE LUZ, ENRIQUE GARCÍA-MÁIQUEZ. VALENCIA: PRETEXTOS, 1997

Para algunos el poeta bucea en las entrañas de la existencia con el fin de arrojar luz al vacío de nuestras vidas. O lo que es lo mismo, el poeta se asoma al abismo de su vida en busca de la luz que le puedan producir las palabras con la esperanza de que los lectores tomen asiento en las orillas del papel, den calor y color al tibio fuego que convocan las letras. De este modo, me he propuesto leer a Enrique García-Máiquez. De esta forma me he sumergido de lleno en Haz de luz, un poemario estructurado en tres partes que forman un juego de palabras: Clarievidencias, Clarivivencias y Clarividencia.  He afinado el oído para escuchar detenidamente el palpitante son del silencio, en un lenguaje transparente en donde desfilan los detalles minúsculos de un poeta, pues piensa que el hombre no se construye en base a hazañas heroicas, sino en victorias anónimas que, para la mayoría, carecen de importancia.

            En Clarievidencias aparecen los principios básicos sobre los que se sustenta la vida, certezas de ojos abiertos que van más allá de la mirada. Enrique García-Máiquez parece confesarnos que para escapar de las sombras basta el sueño brillante de una linterna, para coger de la mano el pasado es suficiente un espejo retrovisor que recoge todo lo que uno va dejando atrás, para conocer su mundo interior debemos adentrarnos en esa habitación repleta de objetos cotidianos que describen, en el fondo, nuestra forma de ser. El poeta es entre libros, se encierra en su cuarto y abre la ventana como quien observa el universo desde la distancia, desde la exacta cercanía de quien nunca se pone vendas. Entre juegos de palabras va hilando su propia geografía y la sonrisa convive clandestina entre la flora asonante de sus versos.

            En Clarivivencias las certezas se transforman en vivencias, pues, aunque se pase gran parte del tiempo ante un libro, no hay libro que pueda sustituir a la vida. No es de extrañar que esta sección sea la más extensa del poemario debido a que la existencia ocupa más espacio que cualquier otra actividad, debido a que el poeta no es un ser humano que se oculte detrás de las ramas, sino que le gusta ir de frente, arrostrar sus ideas sin prejuicios tontos. Cae rendido ante la lucha diaria de un padre, a los pies de una madre que deja a su aire el vuelo de sus hijos.

El poeta camina a solas, se asienta entre las hojas caducas del poema como un otoño que no tiene asiento. No tiene reparos a la hora de confesar sus debilidades, sus defectos y, sin embargo, la nostalgia no le embarga y abandona las sábanas de la soledad en cuanto relumbra el rayo del amor. No le importa sufrir, si la herida es de vida. Es un poeta extraño, ya que no se centra en los males del planeta, sino que, acudiendo a Dios, le da las gracias por las cosas sencillas.

Clarividencia lo forman tres poemas donde Enrique García-Máiquez, después de apuntar sus principios morales y sus valores irrenunciables, los arroja sobre el tapete de la vida para comprobar si está capacitado para llevarlos a cabo, reflexiona sobre sí mismo y sobre la poesía, para terminar afirmando que los pequeños detalles conforman la vida y sin ellos, a pesar de su escasa energía, es imposible prender la chispa de la esperanza.