BENÍTEZ REYES, FELIPE. EL EQUIPAJE ABIERTO

BENÍTEZ REYES, FELIPE. EL EQUIPAJE ABIERTO

 

EL EQUIPAJE ABIERTO (1996) ESCRITOS ENTRE 1992 Y 1996.

 

La literatura es un espejismo, pues intenta reproducir una vida que ya no existe, una vida doblada y recogida entre las olas del olvido, como esa ropa tendida en el sueño sin fondo de una maleta, en la soledad de un armario. La literatura es un campo abonado a las sombras, es un intento absurdo de retener la luz del recuerdo como si uno procurase copiar fielmente la imagen que nos devuelve la impasible tristeza de un espejo, vivir dentro de esa imagen sin ser consciente de que las horas tienden una soga al cuello de quienes permanecen atónitos ante la belleza. La literatura no puede copiar la existencia, aunque es capaz de retener la delgada luz de un resplandor que no tiene fuerzas suficientes para amanecer. Y, sin embargo, ese pequeño destello sirve para alumbrarnos el camino, para no perdernos en la selva sin sentido del mundo.

La vida se consume en una espera sin esperanza, en una mirada hacia el horizonte en un momento en el que lo fiamos todo para el mañana, en un futuro que cae por su propio peso, y rueda por el escenario de un pasado que sigue latiendo ante los ojos de la nostalgia. Nos queda el rumor del mar en las entrañas del universo, el pañuelo, agitado por las manos de la memoria, que nos dice adiós desde la distancia, ese barco que nunca cogimos creyendo que aún estábamos a tiempo para embarcarnos en el siguiente. Un cerrar de párpados que nos deje sumidos en la penumbra.

El poeta recorre la memoria de un atlas, el atlas de una memoria, vencida por el polvo de unas huellas pretéritas, se detiene en las fuentes y en las plazas de ciudades, conocidas y sin nombre, gira de nuevo la vista hacia el eco de ese mapa y de esos lugares, camina a solas con su conciencia y comprende que, a pesar de que el callejero es el mismo, no sabe el camino de vuelta. Se está haciendo viejo y sólo viaja por medio del recuerdo. A lo lejos se divisan las tardes de verano. Muy cerca construimos nuestro propio muñeco de nieve, como un juguete que retrata un rostro derrotado, como una casa abandonada a la que volvemos para encontrarnos con nuestro propio cadáver, con el cadáver de una añoranza que nos obliga a cerrar las puertas para siempre y huir hacia adelante, sin encontrar nunca el puerto de llegada.