BENÍTEZ REYES, FELIPE. ESCAPARATE DE VENENOS

BENÍTEZ REYES, FELIPE. ESCAPARATE DE VENENOS

 

ESCAPARATE DE VENENOS (2000) 1996-1999

 

El paso de los años establece un recorrido vital que nos sorprende, a pesar de seguir unas pautas constantes. Durante la juventud el tiempo no es más que un compañero de juegos, apocado y tímido, que se limita a contemplar desde la distancia las rosas nocturnas de las noches sin fin. El tiempo deja en el camino su condición de eterno para transfigurarse en metáfora de lo efímero, de unos hechos, la vida, que muestra en el envoltorio de la arrugas su propia fecha de caducidad. El paso del tiempo nos enseña que ya no existe futuro, sino un presente anclado en el recuerdo ya vivido, en la nostalgia de un mundo sin vivir. En estas circunstancias sale en nuestra ayuda el poema como un espejo viejo en el que nos asomamos actualmente o, por el contrario, en un espejo nuevo que siempre nos devuelve unas fotos antiguas. En estas circunstancias sale a la palestra la palabra en carne viva, más desnuda que nunca y más descarnada, pues la inocencia ha ido derramando todos sus pétalos en el juego macabro de la existencia. Una existencia al amparo de las travesuras del diablo y al abrigo de la sordera de los dioses.

Todo en este mundo es tan fugaz que Escaparate de venenos simplemente funciona a modo de antídoto en el que el lector aprende varias lecciones necesarias para afrontar el día a día y el poeta rinde cuenta de todos esos fantasmas que pueblan su memoria, de esas sábanas al aire que, a la larga, todos soportamos sobre nuestros hombros.

La eternidad es un concepto imposible de concordar con la naturaleza humana y, sin embargo, el hombre aspira siempre a alcanzarlo a través de la niebla de los sueños hasta que despierta y choca de bruces contra la realidad. La poesía de Felipe Benítez Reyes pretende hacer eco de este fenómeno por medio de un verso sosegado en el que lo efímero, por el hecho de volcarse en el papel, presenta credenciales de inmortalidad, en el que el recuerdo se disfraza de dentadura postiza que mira con nostalgia sus dientes de leche, en el que el mar se acerca más a una tumba abierta donde se recogen los restos de un naufragio, que a ese locus amoenus donde la juventud dilapida sin miedos el breve aroma de la hermosura sin darse cuenta de que no hay más pausas en el trayecto que los signos de puntuación, más descanso que la muerte, más sombras que la nada. Y es esa conciencia de vida, esa conciencia de dolor el ritmo frenético del poema.

Sólo la música es capaz de permanecer firme ante ese reloj de arena de los días. Es capaz de envejecer con dignidad. Sólo la geografía de los sueños nos permite imaginar un mundo mejor. Sólo el viaje por el atlas de las palabras hace posible la opción de reconstruir el paraíso dormido de la infancia. Solo el refugio discreto de la imaginación puede salvarnos del tiempo. Sólo el amor puede salvarnos del hombre. Sólo el hombre es capaz de salvarnos del amor. Nadie puede salvarnos. Y, sin embargo, uno apuesta siempre por la vida.