BENÍTEZ REYES, FELIPE. LA MALA COMPAÑÍA

BENÍTEZ REYES, FELIPE. LA MALA COMPAÑÍA

 

LA MALA COMPAÑÍA (1985-1987) 1989

 

Sin el equipaje de los años a cuestas, sin la pesada carga de las preocupaciones que soportan los hombros de la madurez, es posible conciliar la vida con una especie de felicidad. Con el cadáver descompuesto de la inocencia, arrojado a nuestros pies, como quien nos lanza a la cara todo un mundo de reproches, es comprensible esa desazón que el tiempo va dejando en las copas de los árboles, en la mirada miope de la naturaleza, en los dedos cenicientos de quien contempla abatido cómo las olas del mar arrastran sus poemas y su conciencia a la deriva. El verano o la juventud, libres de cadenas, nos proporcionan la sensación de que el tiempo es un gato de angora que ha perdido las uñas en el camino, una cría de fiera que solo pretende jugar cándidamente con nosotros, hasta que la realidad se impone y las máscaras que sobrevuelan la noche y la bruma se desprenden de los rostros, igual que el viento entona magistralmente la danza macabra de unas hojas dispuestas a suicidarse por amor, o mejor dicho, por un otoño que nos ofrece dos salidas posibles: la condena de la horca sobre las cuerdas de las ramas o el suicidio romántico a través del aire. Un castigo del cual no se puede librar el hombre, salvo con la muerte.

Felipe Benítez Reyes se rinde a la cadencia vital de Scott Fitzgerald y al latido virgen de unos libros que, en las horas de insomnio, nos acompañan como fieles amantes, dispuestas a herirnos la autoestima o levantarnos el ánimo. Con sus versos teje el vestido ceñido de un hogar, el lazo imposible hacia unos sueños inalcanzables, el puente derrotado hacia las alas de la belleza, la aldaba melancólica de un pasado que no deja de llamar a la puerta, sin saber muy bien qué nos quiere decir, los pasadizos en penumbra de una mujer que quiere, entre todas las cosas, que se la tome en serio, y se le cante un poema de amor. Sin embargo, el poema no es el mejor escenario para la vida y el poeta se siente fracasado, con sus zapatos cubiertos por la ceniza de la derrota, cuando no puede atrapar con sus palabras un puñado de sombras que pueblan de fantasmas la memoria. Entre los dedos se escapan esos jirones del tiempo que el recuerdo cree que ha atado a su cola de niebla. Amigos que se diluyen bajo la bruma de la noche, escritores y lecturas que se acomodan en el sofá de la melancolía cuando arrecia la rutina de la lluvia.

La mala compañía es aquella que traspasa el umbral de la realidad y se da cuenta de que los sueños líricos del poeta no son tan valiosos como la prosa cotidiana de la existencia. La juventud vive bajo la amenaza de la mentira, de una pompa de jabón que nos explota en las narices, sin atisbar siquiera el mínimo gesto de ataque y, en cambio, uno añora esa época marcada por la luz artificial de los años, pues los rayos del sol nos devuelven en el espejo del camino una imagen tan natural como usada, tan espontánea como sufrida, con un ademán de cansancio en los labios, con unas cicatrices de arrugas en el rostro.

En definitiva, la poesía de Felipe Benítez Reyes atenta contra los principios del verso, al arrojar una lanza a favor de la vida, por muy corriente que esta sea.