BENÍTEZ REYES, FELIPE. LAS IDENTIDADES

BENÍTEZ REYES, FELIPE. LAS IDENTIDADES

 

LAS IDENTIDADES (2013)

 

Vivimos en un mundo donde los héroes ya no existen o se han hecho ya tan viejos que suficiente tienen con la valentía de ir tirando hacia adelante en el bosque en penumbras de la conciencia. Vivimos en un mundo donde el hecho de seguir en la brecha supone un acto heroico de valentía, similar al que desafía con el arma de la inocencia a todos los fantasmas del planeta. Vivimos en un mundo donde el espejo ya no reproduce tu propia imagen, sino un alma gemela que, a veces, reconoces y, otras, se convierte en tu enemigo. Vivimos en un mundo donde el juego ha dejado de tener sentido y se impone la seriedad de unas fotos y unas arrugas que anticipan el final de la partida. Vivimos en un mundo tan fugaz que aceptamos como paraíso la aspiración de ver otra vez la luz de un nuevo día. Vivimos en un mundo tan caótico y ordenado que el recuerdo le hace guiños a la memoria, al mismo tiempo que la memoria intenta ahuyentar las sombras del recuerdo. Vivimos en un mundo donde la magia sirve de poco cuando abrimos los ojos asombrados por la realidad, cuando, a pesar de los trucos y de un sinfín de engaños, no somos capaces de saber quiénes somos, cuando sacamos de la chistera el conejo de la sonrisa con unos dientes amarillos. Vivimos en un mundo donde la rosa efímera de la belleza, aun siendo consciente de su muerte, teje con paciencia el sueño imposible de la eternidad. Vivimos en un mundo lleno de puntos suspensivos que quedan suspensos en el aire y completan el vacío absurdo de nuestras vidas, el abismo de sombras hacia el cual nos lanzamos sin darnos cuenta. Vivimos en un mundo donde la sed de las palabras se las bebe el viento, donde el agua que brota duerme perdida en la fuente, donde la fuente de piedra es metáfora de la ternura. Vivimos en un mundo donde el hombre se define más por la pérdida que por sus ganancias, donde el invierno moldea con dedos lúdicos muñecos de nieve para no caer rendido ante el olvido. Vivimos en un mundo donde la suntuosidad de los palacios contrasta con la pobreza de sus habitantes. Vivimos en un mundo donde las ciudades escriben con tinta ronca su propia historia y la historia nos deja un campo minado de ruinas, con sabor a derrota. Vivimos en un mundo donde la muerte campa a sus anchas sin que nos duela el alma, donde la eternidad se concentra en las palabras diminutas, en los pequeños detalles, donde una lágrima no puede contener un mar al completo, pero, si acercamos el oído, podemos oír claramente el universo musical de una caracola. Vivimos en un mundo donde lo fiamos todo al tiempo y el tiempo es el único del que no podemos fiarnos. Y sin embargo, vivimos.