BENÍTEZ REYES, FELIPE. LOS VANOS MUNDOS

BENÍTEZ REYES, FELIPE. LOS VANOS MUNDOS

 

LOS VANOS MUNDOS (1982-1984) 1985

 

Los vanos mundos arranca con un verso prestado de Jaime Gil de Biedma: Como todos los jóvenes, en el que Felipe Benítez Reyes traza un merecido homenaje al escritor barcelonés, al mismo tiempo que pasa revista a una edad marcada por el poder evocador de una existencia que se pierde en los confines de la noche, en el placer efímero de la seducción, en la falsa promesa de que el mundo siempre nos espera, en ese atisbo de pérdida que todavía no produce dolor, sino una capa densa de niebla, en ese mapa mudo de la inocencia que se desbarata como el fino papel de fumar, en un manuscrito torpe, abocado a las sinrazones del fracaso.

Los vanos mundos evoca el recuerdo de unas ansias juveniles cuando el poeta era estudiante en Sevilla. Se detiene en la luna de los sueños, en los sueños vergonzosos de la luna donde uno todavía estaba en disposición de gastar cartuchos de tiempo, de esbozar en el aire los hilos invisibles del deseo, de emprender viajes exóticos en el atlas paciente de la imaginación.

Para el poeta la juventud es una fiesta de máscaras cuya fugacidad se convierte en resaca con posterioridad. Y un paisaje, oculto bajo las inclemencias del pasado, con el grito constante de sus frondosos árboles, con la queja cansada de la boca de sus fuentes, con la parsimonia de una luz que desfila a cámara lenta entre las sombras de la tarde, se convierte en patrimonio de la dicha, de una sonrisa que se oye invariablemente entre las hojas del viento.

En estos versos se desprenden unas ganas de vivir, de abrazar el cuerpo hambriento de la pasión, tanto en un universo real, como imaginario, y un consejo para aquellos que malgastan sus últimas balas en llantos vacíos, en lugar de recorrer con los dedos de la memoria las huellas dactilares de unas cicatrices que pueblan de río la piel y la conciencia. El callejero de quien se sabe vivido, de quien, a los 23 años, tiene la maleta, llena de nostalgias, y vacía de futuro.

Felipe Benítez Reyes recrea un tempus fugit, con sabor a tormenta, desmenuza las piezas del tesoro de un naufragio y no encuentra ningún bocado que llevarse a la boca, salvo el saldo insignificante de un mordisco al aire, de unas vivencias que arden como fuegos de artificio en una pirotecnia espectacular que supone la existencia.

Asiste al entierro de su juventud, de una época, que brilla solitaria en el cielo estrellado de la noche, que desentierra con ternura y que regresa a la orilla del verso con la bruma sonriente de un retorno inesperado y aplaudido.

Los vanos mundos hace uso de la metaliteratura y concluye rememorando la labor de orfebre del escritor que se atrinchera contra la vida en un campo minado de metáforas donde la inutilidad de la palabra sirve para que los amigos nos contemplen en el espejo del verso y uno pueda asomarse a ese pozo con la única intención de encontrase cara a cara con la imagen del poeta que se tropieza consigo mismo. Un espejo tan infiel como la vida misma.