BENÍTEZ REYES, FELIPE. PARAÍSO MANUSCRITO

BENÍTEZ REYES, FELIPE. PARAÍSO MANUSCRITO

 

PARAÍSO MANUSCRITO (1979-1981) 1982

 

Con el arrojo de los primeros años, Felipe Benítez Reyes se lanza sin redes y sin miedos al mundo de la poesía. Sus primeras pinceladas se habían acomodado en el banco de piedra de la música, de unas letras destinadas a un grupo de rock donde el poeta maltrataba las cuerdas de una guitarra eléctrica. 1982 es el año que ve la luz Paraíso manuscrito y no es de extrañar que uno de sus primeros poemas se centre en la edad florida, en esa juventud que, como diría Jaime Gil de Biedma, viene a llevarse la vida por delante. Sin embargo, enfoca el tema desde una serenidad poco habitual para quienes no conocen todavía el trayecto vital de un ser humano. Una juventud más sosegada, reflexiva y meditada que inquieta y vivida como si el proceso de escritura marcara una distancia sideral entre el tiempo real del poeta y el tiempo real del poema. El mundo del libro es un espejismo donde se refugia el hombre ante el cuerpo pesado de la existencia, donde pretende encontrar un mínimo resquicio de paz en una vida tatuada con el látigo incandescente del vértigo. Una vida que corre tan deprisa que deja cadáveres a nuestros pies; pequeños placeres, consumidos y consumados, que abandonan nuestros sueños para siempre y nos indican que estamos vivos. Lo podríamos confesar de otro modo: ignoramos el placer de la vida hasta que observamos la muerte. Felipe Benítez Reyes incita a los jóvenes a vivir bajo el tópico del Carpe diem, y a rebelarse ante todo, ante el amor y ante la poesía. En ocasiones oculta el yo poético entre la hojarasca de sus propios versos y aparece un vosotros con el fin de mostrarse más neutral, pues sabe a ciencia cierta que el yo del poema es un disfraz que a veces nada tiene que ver con la persona. El poeta lamenta la pérdida de la adolescencia que le deja recuerdos de sabor amargo y nostalgias irremplazables. Sin embargo, cuando uno es joven, no se tiene miedo al tiempo y los meses de octubre no son tan grises como lo pinta la memoria en los años de madurez. Huye de la rutina como un modo eficaz para no repetirse nunca y declara abiertamente que las cadenas del amor son la única manera de tentar al tedio y vencerlo. No es una batalla con armas, sino con palabras. Cuando nos dejamos llevar por los sentimientos, la vida es una amante fría y calculadora que lo impregna todo de hermosura y fracaso. Y el único juego válido es el de la seducción. La escritura es un acto de pérdida, es un gesto de despedida anclado en el folio en blanco de la memoria. El dibujo triste de un pasado que se niega a caer de bruces ante las garras del olvido y una vela que enciende la conciencia, pero no nos aporta el suficiente calor como para seguir adelante. Es una vida de juguete. Es una muerte de verdad.

Felipe Benítez Reyes homenajea al poeta Juan de Tassis con el objeto de proclamar a los cuatro vientos unos principios inamovibles: si uno vive sacándole todo el jugo posible a la batalla, la muerte es un acto de gloria, un ataque de heroísmo donde el poeta aún se siente a salvo del tiempo, pues lo contempla desde la distancia, y este no se eleva como una amenaza, como una nube oscura que procura ceñir de sombras la luz de los sueños. La literatura se convierte, cada vez que se asoma al espejo del mundo, en un invierno atado al pie de los caballos, un silencio desmadejado ante el cabello de los recuerdos. Y el latido de un amor que de vez en cuando descansa entre los brazos eternos de la memoria.