BENÍTEZ REYES, FELIPE. PRUEBAS DE AUTOR

BENÍTEZ REYES, FELIPE. PRUEBAS DE AUTOR

 

PRUEBAS DE AUTOR (1980-1985) 1989

 

Las estaciones tienden a convertirse en símbolo eficaz para mostrar las edades del hombre, de tal modo que el verano ejerce el poder seductor de la juventud y el invierno se cierne implacable sobre nosotros para recordarnos que la vejez es una amenaza que se hace tanto más evidente cuanto más próximo sintamos las garras del tiempo. Los alegres días del sol viven con la tensión propia de quien tarde o temprano espera la sombra negra de unas nubes, cargadas de agua. Unas gotas de lluvia pueden arruinarnos el alma.

Pruebas de autor se asienta en el dolor constante de una pérdida, en el amor perdido de un dolor que acude a la memoria cuando queremos enterrarlo en la tumba abierta del olvido. Nos enseña la filosofía moral de que las corrientes descontroladas de una pasión no siempre recogen la ola de una sonrisa, sino que, a veces, arrastran hacia la orilla el gesto contrariado de una mueca de angustia. No todo es oro lo que reluce en el amor. No todo es dicha si no sabemos apreciar los pequeños detalles, las palabras diminutas.

En las noches masticadas por el alcohol, la juventud salta a la palestra con cierto ademán de cansancio y se despierta con la resaca de una felicidad, a medias, pintada en los labios y la bruma borrosa de un recuerdo tardío. En esas noches donde el ser humano se sumerge en el placer de la entrega, navega la nostalgia de un barco a la deriva que nos recuerda a Bécquer.

Felipe Benítez Reyes confirma que el tren de las horas ya ha pasado dejándonos en la estacada, con un ligero sabor a escarcha que nos empapa la conciencia. Reconoce su propia derrota, salvada por medio de los versos y de la memoria. Es consciente de que ha malgastado la golosina o la gasolina de los días sin que la luna le haya servido de amparo, y, en la intimidad de la amistad, le confiesa a Carlos Marzal que solo queda el rescoldo de los viejos tiempos, el recuerdo dormido de cuando desplegaban las alas, repletas de ilusiones y proyectos, la herida de unas cuantas batallas inútiles, al volver la mirada, y una cicatriz invisible que nadie es capaz de apreciar, salvo nosotros. Un alma que apenas emprende el vuelo, pues los estragos que apreciamos nosotros en la tersa piel de la soledad son más poderosos y duraderos que aquellos que todos pueden contemplar a simple vista.