NÁRDIZ, IRENE. SÍNDROME DE AUSENCIA

NÁRDIZ, IRENE. SÍNDROME DE AUSENCIA

La vida se asemeja muchas veces, más de las que quisiéramos, a esas tardes de tormenta y de invierno en una playa solitaria, en la que las olas golpean nuestra conciencia al ritmo monótono de una soledad proclive a la nostalgia del recuerdo. La vida se define en un sinfín de piezas arrojadas a la orilla con la intención de componer un sonajero sentimental en el alma, una caracola enferma que reproduce alguna de las melodías que el viento ha tocado en nuestro honor, una canción que tiende a perderse por los recovecos de la memoria a la espera de que un paisaje que nos emocione, una caricia que nos enternezca o unos hechos que nos eleven a la categoría de espectador sean reclamos suficientes como para despertar al demonio del tiempo, a ese ángel solitario que mastica el dolor de muelas de una partida, de una pérdida.

Irene Nárdiz acude al verso, se sumerge de lleno en Síndrome de ausencia, enferma de vida, enferma de amor, bajo la convalecencia de quien se ha lanzado sin redes a la entrega y ha quedado entregada a las redes de la melancolía. Lo rifa todo al amor y a veces nos sonríe la fortuna, pero otras es la fortuna quien ríe bajo las arrugas de una cama sin hacer. Es consciente de que hay huellas que no dejan marcas y, sin embargo, duelen de forma más profunda que las hondas cicatrices. Sabe a ciencia cierta que existen heridas que laten como un pequeño corazón que sufre en silencio y se aferra a ese drama, sin condicionamientos, pues piensa que esa es la única forma de retener el pasado, de revivir el tacto ardiente de la carne. Extiende su cuerpo sobre el lecho dormido de la existencia, de la misma forma que un mapa de carreteras recorre el sueño adolescente de un  viajero.  Pretende conocer a fondo la orografía de una habitación de hotel en esos días en los que la lluvia sonríe bajo las sábanas en una lucha, sin cuartel, de rayos y tormentas. La poesía se erige como antídoto ante el olvido, pues olvidar es la forma más cruel de morir, de perder para siempre el rastro vivido de nuestros días. Olvidarse del pasado es haberse olvidado de vivir. Y uno sufre como el que más, pero no vive como el que menos.