CAMPOS FERNÁNDEZ, TOBÍAS. LAS HORAS ABIERTAS

CAMPOS FERNÁNDEZ, TOBÍAS. LAS HORAS ABIERTAS

LAS HORAS ABIERTAS, TOBÍAS CAMPOS FERNÁNDEZ

 

 

Hay poetas que asaltan el papel como piratas que esconden sus tesoros entre las grietas del verso. Hay poetas que cabalgan a lomos del folio como un torbellino que nos azota el alma, arrasa impacientemente con los sueños y se oye a veces más el grito que el latido. Hay poetas que arrancan desde la paciencia infinita de la calma para remover los firmes troncos de la conciencia. Hay poetas que desde el silencio nos hablan del mundo que tenemos ante los ojos. Hay poetas que se sienten a gusto en la paradoja, en un campo minado de contradicciones, puesto que la poesía aspira a seguir el ritmo cambiante de la vida. Tobías Campos Fernández está más cerca de estos últimos y se erige en un viajero incorregible que aprende en el camino el nulo sentido de la prisa. Pasea sin rumbo fijo hacia la colina saboreando el rumor inquieto de las aves, el susurro reflexivo del viento, el palpitar vivo de un paisaje en ruinas. En el espejo libre de un charco, en plena calle, el poeta, no sólo ve la realidad exterior, sino que va buscándose en los elementos cotidianos, conociéndose a sí mismo. Denuncia abiertamente el despreciable gesto de quedarnos impasibles ante la injusticia. Piensa que la vida y la literatura se han convertido en un territorio hostil donde prima la ley del más rápido, donde los aplausos no arrancan del corazón, sino de una gesta llevada a cabo entre empujones, donde la ironía es el único salvoconducto para salir a flote y la inocencia se pierde entre la hojarasca de los recuerdos y de la trastienda.

 

Las horas abiertas recoge ese reloj de arena que se abre como una flor para que el lector contemple todo un mundo por vivir, todo un universo muerto. A Tobías Campos le gustaría ser lágrima de lluvia, tener el arrojo de lanzarse sin cadenas, sin ataduras, al abismo de la existencia. Se refugia en un locus amoenus que late bajo la hoja temblorosa del miedo, como un batir de alas que desgrana el polen misterioso de la ternura. Y con esa paz que le confiere el vivir rodeado de naturaleza, y con esa soledad que te invita a meditar sobre tus propios pasos, teje con maestría el tejido sobrio de un poema, sin estridencias, de forma totalmente natural, de modo falsamente espontáneo. Crea un corazón que piensa, una razón que siente cómo pasan las horas ante sus narices.

 

Llega el invierno y el hombre. Ambos aprenden a convivir a pesar del frío. La nieve es un espejo donde las aves escriben sus nombres de sombras y el ser humano vislumbra una oportunidad de nacer de nuevo ante el folio en blanco del paisaje.

 

Las horas abiertas es un canto resignado ante el tiempo, las huellas que cada uno va dejando a su espalda, como el rumor de los árboles cuando uno abandona el bosque, como el aullido del mar cuando uno divisa las olas desde la distancia. Tobías Campos construye una ficción con pulso firme, con un mosaico de piezas pequeñas cuyos bordes y sombras encajan entre sí hasta componer el puzle desmemoriado de la memoria, pues la literatura es un recuento de minúsculos detalles que, unidos unos a otros, adquieren el sentido pleno de una existencia. Un juego de palabras que deshoja la margarita de saber si la vida es un juego o no, una manera de divertirse, de extraerle todo el jugo necesario entre risas y dramas.

 

Tobías Campos escribe una poesía sosegada, breve, que se instala, empapada de árboles y pájaros, de olas y de silencios, en el rincón más profundo del alma, ya que las verdades presentan la cualidad de hacerse hueco allá donde sólo el corazón alcanza.