BAUTISTA, AMALIA. FALSA PIMIENTA

BAUTISTA, AMALIA. FALSA PIMIENTA

Hay veces en las que el lugar que habitamos se convierte en un personaje incansable que somos incapaces de quitarnos de encima, que nos acompaña en el trayecto de una vida y del que no podemos desprendernos ni siquiera cuando nos alejamos de sus fronteras. Amalia Bautista presenta una percepción de la capital que da forma geográfica a su desazón, a esa inquietud que nos ataca siempre sin que podamos relegarla a la cárcel del olvido.

Amalia Bautista nos deja abierta la puerta de su hogar, en esa intimidad tan indefensa como imprescindible para atacar las crecientes cicatrices de los años. Se desnuda ante nosotros y se viste con el atuendo de una palabra sincera, honda, entregada. Reflexiona en soledad, y sólo, cuando conoce lo que quiere, cuando ve sus sueños reflejados en el espejo de su propia sala, cuando nos muestra impúdicamente los caminos inciertos de la sangre, se decanta por salir a la intemperie, por denunciar las injusticias, por lanzarse a pecho descubierto a la búsqueda de la vida. Todo su empeño descansa en conservar lo que más le importa: un fuego, a veces, ardiente; otras, tibio, necesario para calentar las manos limpias del alma, sin el cual no habría tenido fuerzas para seguir adelante, para levantarse tras cada caída.

A lomos de un asno anciano, se nos presenta Madrid, una ciudad que lleva a cuestas el polvo del camino, un rumor sin voces del cansancio y un terror atroz a que los cielos se enfaden de repente. Una sordidez que encaja con la realidad del momento y, no obstante, no hay que mirar muy lejos, no hay que levantar la vista hacia el horizonte para tropezarnos con la belleza, pues esta nos pisa los pies, juega con las sombras, se acurruca a nuestro lado si tenemos ojos para verla. No hace falta lanzar las redes del sueño en la distancia.

En Falsa pimienta, Amalia Bautista regresa a la casa de la infancia donde la memoria convive abiertamente con sus fantasmas, donde nadie entiende nada, ya que los jóvenes desconocen el poder persuasivo del pasado y los adultos apenas conservan las migajas de sus propios pasos.

La primavera alimenta nuestra capacidad para asombrarnos, sin que las sombras se mezclen con el sol. El paisaje despliega todo el ramillete florido de su encanto y uno espera ver cómo las calles desiertas se llenan de vida, cómo nuestro pecho florece cuando algo nos emociona.

Ese papel camaleónico del poeta, ese afán por vestir un disfraz distinto en cada verso, en cada estación, nos lleva a interpretar la realidad desde un abanico enorme de miradas. Desde una gacela que derrama ternura en el fuego de sus pupilas, en esa elasticidad que ensalza la belleza de unas piernas, hasta desenmascarar el recuerdo y la rutina en el giro esclavo de un tiovivo, pasando por la desangelada estampa de un vagabundo y el exilio involuntario de un mausoleo. Todo acaba con la muerte. Pero, mientras tanto, debemos buscar un punto medio, el equilibrio indispensable para caminar por el alambre de la existencia.

Amalia Bautista se deja llevar por la corriente implacable de la nostalgia. Pasea sus miedos por una plaza cualquiera. Recorre la soledad de las calles y en cada esquina, en cada curva, pierde el hilo invisible de su propia alma. Se deja consolar por la caricia crítica de la ironía y rechaza un mundo que desatiende las promesas, rotas por el suelo, como hojas que abandonan el sueño de una rama.

Se ausenta de su lugar de origen única y exclusivamente para ampliar horizontes donde pueda abrazar el cuerpo trasparente de la belleza, para perseguir la estela de un amor que huye hacia el mar, cruza puentes y recuerdos, pierde sus alas entre los escombros del tiempo, de una sociedad tan acostumbrada a convivir con la miseria que no se da cuenta de que, bajos sus pies, late el corazón de la duda, el látigo que sacude nuestras conciencias. Un látigo que baja hacia el sur, recorre las fronteras y en el fondo no es más que un verso que brota en la soledad de un jardín donde un mundo cromático de sensaciones y de olores nos invade. En esa sensación de conquista, de victoria y de pérdida, se deja mecer Falsa pimienta.