GIOVAGNOLI, RAFFAELLO. ESPARTACO

GIOVAGNOLI, RAFFAELLO. ESPARTACO

ESPARTACO, RAFFAELLO GIOVAGNOLI

 

Hay libros que inundan sus páginas de episodios históricos con el fin de abrumarnos cuando uno procura también abordar la lectura con la esperanza de huir durante unas horas de esa realidad tozuda que no deja de azotarnos la espalda. Hay libros de ficción que cruzan el camino de nuestros ojos con una lentitud que nos alarma, con la parsimonia de quien no puede disfrutar de los pequeños detalles, con el espíritu tan decaído como el que no muestra ganas de morderle los labios a la vida. Hay libros que se suicidan voluntariamente desde el principio. En cambio, acabo de leer Espartaco, de Raffaello Giovagnoli, y me ha entusiasmado la fuerza con la que irrumpe el personaje. Renacimiento no da puntada sin sentido y recupera para los lectores una obra magnífica.

Una pequeña parte de la historia de Roma palpita desde la primera línea sin necesidad de estridencias, sin que nos cansen los datos objetivos, sin que sus latidos nos produzcan un dolor de cabeza insoportable, con la paz del que amanece junto al mar y escucha a escasos metros el rumor de las olas. Unas olas que se mecen entre la ternura de los sueños y la crudeza de la realidad. Unas olas que arrastran hasta la orilla los peores instintos y los mayores gestos de amor. Un contraste continuo como imitación de la vida cotidiana. Un abanico de posibilidades donde se abrazan los extremos, donde los matices enriquecen la escena, permiten que el argumento se amplíe hasta cotas insospechadas, se derrame ante los ojos del lector como un episodio cotidiano que nos arranca unas lágrimas o unas risas.

Espartaco abraza la majestuosidad de la tragedia donde los dioses descienden a la tierra para convertirse en héroes de carne y hueso, donde el heroísmo descansa en más gestos de renuncia que de valentía. Espartaco no sólo se define por sus palabras, sino también por sus gestos.

La novela conserva de la tragedia griega el tono elevado de la narración, el canto heroico por las hazañas que brotan de un pecho generoso que acude al rescate de la justicia, la puesta en escena de unos valores que van más allá del dinero y la muerte como un ritual de sacrificio, como una ofrenda a los dioses por aquel que le ha discutido el trono. Es un ejercicio de memoria que también se acerca a la comedia en cuanto desfilan en primera instancia personajes de baja condición social, en cuanto el secreto de la rebelión por parte de los gladiadores es descubierto por un actor más dado a la bebida que al desempeño de su oficio, en cuanto el odio infinito de una mujer despechada recibe sus propias flechas.

Espartaco es una novela que nos enamora, porque desnuda sin miedos emociones tales como el amor, el odio y la muerte con una naturalidad ajena a las sensiblerías del instante. Son sentimientos eternos que se elevan sin dificultad por encima de las páginas, por encima de los siglos. Espartaco es un libro que nos emociona, porque nos ofrece unas descripciones de paisajes, pero, sobre todo, realiza un mapa moral de la condición humana que sirve de ejemplo en la actualidad. Valores irrenunciables que se están perdiendo en la hojarasca de las preocupaciones, en esa actitud defensiva en la que nos vemos envueltos, sin dar una oportunidad a nosotros mismos, a la vida que enfundamos con las armas antes que con las palabras. Espartaco es una novela centrada en la lucha y, sin embargo, es el amor el motor que hace girar la ruleta de la existencia. Es el amor ese callejero a través del cual se filtra el lector y se siente partícipe de las batallas, se enamora de los protagonistas y llora y sonríe como si fuera uno más de la historia. De un tiempo sin tiempo que no muere nunca.