BREZMES, ALFONSO. DON DE LENGUAS

BREZMES, ALFONSO. DON DE LENGUAS

DON DE LENGUAS, ALFONSO BREZMES

 

Hay quienes esperan en la comodidad de un sofá que la vida les llene los bolsillos de asombro, que el amor se derrame a la orilla de sus labios, como ese vaso de ginebra que ahoga, bajo el hielo, el grito enfermo de la soledad. Que el tiempo se apiade de los pusilánimes, cuando las horas carecen de memoria. Hay quienes se dejan arrastrar por las circunstancias, como esa nube sin voluntad propia, que no tiene más remedio que volar a merced del humor caprichoso del viento. Hay quienes enfocan cada paso como un desafío y cada desafío como el paso cotidiano de sus días. Hay quienes tropiezan sin miedo a la caída. Hay quienes caen por miedo al tropiezo.

Alfonso Brezmes conjuga el verbo de la entrega, como el único modo de conocer a las personas, como la forma más eficaz de encontrarse a sí mismo en la madeja enroscada de la existencia. Practica el sexo oral con las palabras en un diálogo pasional con los lectores. Acuesta las heridas sobre la piel de los versos, como una manera inteligente de desnudarse ante otros ojos. Busca el amor en otros cuerpos con esa torpe caligrafía del que fía todos sus instintos en una sola carta. Dibuja sus fantasmas en las paredes blancas de su cuarto. Pretende que el fuego siga ardiendo a diario sobre los troncos resecos del pecho y se oiga en la distancia el trueno desbocado de un latido. Asume el riesgo como ingrediente indispensable para la partida.

Alfonso Brezmes se busca sin descanso en cualquier recoveco del recuerdo. Se deshace para dar con el pulso que lo mantiene alejado de la muerte. Se identifica con esa estela dibujada en el aire que se desvanece en unos segundos y pierde el cuerpo del que fue sombra. La sonrisa no es más que el tiempo que tarda una hoja en caer del árbol al suelo. Ese breve trayecto que nos permite ser libres. Está cansado de escribirse sus propios epitafios. Confía en que, de vez en cuando, sea la vida quien se ocupe de poner en el papel los versos más sentidos.

El mundo no es un campo de batalla para el heroísmo, ni las hazañas de antaño sirven de consuelo para el alma. El mundo es el abrazo cómplice entre una lágrima y la sonrisa. Minúsculos pespuntes que tratan de poner remedio a los trajes deshilachados por un reloj de arena asomado al misterio de sus olas. El folio en blanco de una pared incapaz de ocultar sus arrugas desconchadas. La cicatriz candente de una memoria que se mira de nuevo en el espejo de la palabra. El mundo es menos mundo si el amor se limita a besarnos la espalda, si se va sin despedirse.