CÁRDENAS, JESÚS. ALGUNOS ARRAIGOS ME VIENEN

CÁRDENAS, JESÚS. ALGUNOS ARRAIGOS ME VIENEN

CÁRDENAS, JESÚS.  ALGUNOS ARRAIGOS ME VIENEN

Si, cuando despertamos, abrimos de improviso los ojos a la calle, un exceso de luz nos impide ver el camino. Jesús Cárdenas, en Algunos arraigos me vienen, deambula por el laberinto del día a día con el único asidero de la inocencia. Arranca sin miedo a la intemperie. El miedo se escribe bajo la bruma del tiempo en una caligrafía cada vez más borrosa por la experiencia. El niño no teme herirse con las espinas. No necesita escudos para enfrentarse a la vida, sino que se entretiene en un doble juego: por un lado, siente en sus carnes cada trazo que esboza el mapa en blanco de la sonrisa. De otro, es capaz de vivir lo soñado. Jesús Cárdenas nos da a entender que la existencia es un recuento de renuncias, un largo adiós hacia el abandono. La pérdida es un verso que brota en los umbrales del sueño y uno no tiene la capacidad de retenerlo cuando levanta los párpados a la mañana. Queda en la conciencia ese latido desnudo que ya sólo suena en el poema.

Ese paralelismo entre el sueño y la vida es el mismo que se establece entre la candidez de la escritura y la realidad del adulto. En un principio no se piensan las palabras. El poeta deja que latan en el papel con la esperanza de que un oído alerta rescate al niño que se oculta bajo la cotidianidad de los actos. Cuando la vida se afronta con el corazón, la memoria se convierte en el refugio donde duermen los abrazos, después de la derrota. Jesús Cárdenas eleva un canto abierto hacia lo efímero. Una gota de lluvia que acaricia la piel del instante. El tiempo corre a una velocidad endiablada. Se columpia en el vértigo de una ola que se rompe en una carcajada de cristales. Las sombras nos otorgan mayor volumen que la luz. Las espumas que lamen nuestros pies se erigen en pequeñas cicatrices como señal inequívoca de un tesoro escondido. Perder el rumbo es la mejor fórmula para encontrarse. Una lengua de espuma se queda muda tras nuestros pasos en la orilla. El aroma del recuerdo regresa de nuevo a mojarnos los tobillos.

Las horas nos regalan un aire fresco de sabiduría y un golpe helado contra la realidad. El poeta comprende que de nada sirve agarrarse a una tabla de salvación, que la memoria nos deja un mal sabor de boca en el paladar del presente, que la huida en tren simboliza una manera de retrasar lo inevitable, que esconderse en el mundo ajeno de otras letras es un reclamo necesario para tomarse un respiro, que todas estas salidas funcionan a modo de mentira que nos salva. La vida es un relámpago que nos ciega y nos abandona con esa sensación de huida permanente. Cuando parece que no hay más escapatoria que la resignación, Jesús Cárdenas retoma el hilo de la infancia al evocar la inocencia de su hija, extiende en el aire el tierno pañuelo de la despedida de su madre y elige un modo de seguir adelante: la dignidad de las palmeras, siempre de pie, a pesar de las tormentas. Unas huellas que nos enseñan la caricia exacta del viento.

En este regreso a las palabras, el poder evocador de la mirada apunta directamente a la belleza como ese paisaje que desfila eternamente en el escaparate de las pupilas. El deseo arranca en los ojos, escribe su propia historia en el folio en blanco de la luna, dibuja, con el dedo, un mapa de corazones en el vaho de un espejo. Al final es el amor lo que nos salva. La banda sonora de unos latidos que se oyen por encima de los versos.