JIMÉNEZ, VÍCTOR. LA MESA ITALIANA

JIMÉNEZ, VÍCTOR. LA MESA ITALIANA

LA MESA ITALIANA, VÍCTOR JIMÉNEZ

Cuando el cine y la escena, el teatro y el aliento de la poesía se dan cita en el papel, realmente estamos leyendo con los sentidos el paisaje confuso de nuestra propia vida, como si todos tuviéramos un determinado porcentaje de actor, de domador de recuerdos, de recluta de palabras. Como si la vida y la literatura fuesen un campo de cultivo para el diálogo. Como si el tiempo y los fantasmas se convirtieran en los comensales más animados. La existencia es un río cuyo recorrido alza la vista hacia atrás, apenas besa el rumor de su trazado, lanza sus redes hacia el horizonte.

Una niebla espesa nos calienta las manos, pero nos impide vivir del recuerdo, esboza una imagen del niño que cada vez ocupa un plano más alejado, retrata un rostro cada vez más difuso. La infancia es una guerra perdida contra el tiempo, es un tren que cruza nuestra mirada sin apenas detenerse. Un refugio en el que la herida del presente se derrama en busca de consuelo. Una huella invisible que late en cada gesto del poema, en cada verso de la vida.

El niño se hace adulto y no tiene más remedio que canjear ese latido de inocencia, desnudo en las manos de la memoria, por un corazón que ama, untar el pan cotidiano de la tristeza con un puñado de besos para completar el otro extremo de la cuerda que, a la postre, es nuestra existencia. Un puente que se extiende desde la herida, como un mapa de carreteras que no admite una mirada atrás, salvo para contemplar los puntos mal cosidos de una cicatriz que, a modo de serpiente, nos muerde las entrañas. Víctor Jiménez es un fiel devoto de la belleza y admite el amor como el antídoto más eficaz para salvarnos.

Si el amor aparece como el estímulo que nos impulsa a seguir nuestros propios pasos, la escritura se erige como el refugio donde es posible protegerse contra la lluvia, ese mundo paralelo que hace que el camino sea más fácil. Víctor Jiménez realiza un canto a la memoria de Rafael de Cózar, rememora el cariño a sus padres, como un ejercicio natural hacia la muerte, como un grito silencioso ante el olvido. Como un juego de contrastes donde la ausencia se hace presente en el poema.